Muchas veces, los deportistas no resuelven los problemas que detectan porque no saben realmente cómo hacerlo. El hecho de que debamos resolver un problema no significa que podamos hacerlo. De todas maneras, ya identificar el problema es el primer paso. La razón por la cual el deportista no puede salir del conflicto es que se enfrenta con un problema de comportamiento que no son fáciles de resolver, y en la mayoría de los casos, se requiere de un entrenador para destrabar el tema.

Aprendizaje

En un entrenamiento efectivo, el jugador y el entrenador se involucran en una dinámica de aprendizaje en donde el deportista no obedece, sino que deja que el coach le explique, es decir, el jugador debería poder pedirle al entrenador cualquier explicación. Y el entrenador, por su parte, debería poner su esfuerzo y su energía en entender al otro, porque el jugador es único, es el dueño de su juego y no el títere de un entrenador.

Si la dinámica se construye desde la imposición o el deber, el deportista pierde recursos propios porque lo único que busca es cumplir con las expectativas del entrenador y tiene miedo de no poder hacerlo. En ese vínculo unidireccional, el jugador tiene una mezcla de entusiasmo y autoexigencia que puede llevarlo a un comportamiento desequilibrado y perjudicial para él mismo y para el juego.

Sinergia

El jugador ocupa el rol de protagonista cuando se le hace saber que el juego le pertenece.

Cuando las dos partes logran una relación de sinergia, la performance del jugador crece de manera exponencial. El deportista, en un espacio que le da libertad y lo hace dueño de su destino, llega a un nivel de autorreconocimiento, de autoregistro de su cuerpo y de su mente, que le permite la autonomía para poder decirle al entrenador qué tan lejos espera llegar.

Rafael Beltrán

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