La manera en que procesamos el enojo afecta de manera directa nuestros resultados.

Cuando me toca trabajar con deportistas de alto rendimiento, noto que, desde lo mental, se cumple una ley matemática: “Si después del pegarle a la pelota, te enojás o te frustrás… es probable que tengas un enojo que no se pudo desagotar”.

En el alto rendimiento, limpiar el enojo es todavía más importante, porque el deportista se enfrenta con algo de lo que no puede escapar: el resultadismo. En la medida en que hay competencia, siempre hay un resultado en juego. Uno trata de concentrarse en otra cosa que no sea el resultado (en la técnica o en el entrenamiento físico) pero el resultado está ahí, no podemos negarlo, porque lo buscamos, porque queremos ganar. Pero, si en vez de buscar el resultado como una consecuencia lo buscamos como una causa, hay menos posibilidades de que nos frustremos. Es decir, no podemos escapar del resultadismo, pero sí podemos cambiar la manera en que lo encaramos.

No evacuar el enojo es similar a constiparte. Llega un momento en que se acumula dentro tuyo y te causa un malestar profundo. Se genera un bloqueo que te desconcierta, una sensación de no entender qué es lo que te está pasando. Si, encima, negás ese sentimiento, te enojás todavía más: tenés el enojo del enojo. Un enojo multiplicado que termina siendo insoportable.

A esto se le suma lo que pasa con los demás. Dicen que los de afuera son de palo, pero cuando te enroscás con tu enojo, es muy difícil evitar que te afecte. Porque el que te ve de afuera puede entender tu situación de una manera más clara que vos y se enoja porque te enojaste. Y, eso a su vez, más te enoja a vos. Es decir, ahora la carga es mayor, porque le sumamos el enojo de un tercero con nosotros: ¡tenemos el enojo del enojo del enojo!

Si empezamos a entender el enojo de esta manera, nos damos cuenta de que darle la espalda puede ser mucho más dañino de lo que pensamos.

No es fácil cambiar el enfoque y librarnos de esto de un día para el otro, pero si nos dejamos asesorar, si aceptamos lo que nos pasa y buscamos una perspectiva fresca que nos ayude a entender qué es lo que originó el malestar para poder canalizarlo, podemos rendir mejor. Lo veo en el consultorio: el primer paso es que seamos conscientes de nuestro enojo. A partir de ahí, podemos hacer un diagnóstico sobre el origen de la frustración y buscar las herramientas para desarrollar una actitud superadora que nos permita manejarla.

 

 

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