Cuando pensamos en un proyecto laboral o personal, una estrategia de largo plazo tiene una visión de futuro que construye una serie de puntos hacia delante. En general, si bien hay datos e indicadores concretos de nuestra vida que tenemos en cuenta cuando hacemos estas conexiones, hay mucho nivel de abstracción e intuición en el proceso. Distinto es, para poner un ejemplo fácil, hacer una receta. En un plan para hacer una torta, seguimos un grupo de pasos tácticos que sabemos específicamente cuáles son y de los cuales tenemos absoluto control. En ese caso no tenemos que intuir nada. Ahora, cuando tenemos que diseñar una estrategia de país o de un equipo de fútbol que busca salir campeón, lo táctico queda subordinado a lo estratégico.

Las emociones

Cuando hablamos de estrategia nos referimos en este caso a un pensamiento que se basa en emociones positivas de alto nivel y difíciles de controlar como, por ejemplo la confianza. El táctico se concentra más en emociones negativas del corto plazo. Es movido por la alerta, el miedo, el peligro. La confianza no entra en su radar, de hecho, le parece una pérdida de tiempo, incluso ingenua. Como menciono en otro artículo sobre la polarización, cuando un político alienta la grieta, está, mediante una construcción táctica de corto plazo, hipotecando la confianza de la sociedad; una movida muy poco estratega que no consideró la emoción positiva que tenía que intuir y construir en beneficio de la sociedad. El práctico y táctico no entiende el mapa de las “extrañas” conexiones de intuiciones y emociones positivas del futuro. Pero los grandes estrategas entienden que lo que verdaderamente hay que construir es una emoción, y fundamentalmente, la confianza.

La confianza está en el corazón del estratega, que entiende que para construirla y alcanzar logros sustentables necesita cohesión, personas que orientan sus perspectivas en una misma dirección, relaciones sinérgicas en donde el todo es mayor a la suma de las partes. El táctico, en cambio, se guía por la máxima del “divide y reinarás”.

No estamos diciendo que para implementar una estrategia no haga falta táctica. Lo que pasa es que mil tácticos sumados no hacen una estrategia. 

Factores variables y constantes

El táctico pone, como constante, los pasos que tiene que dar para llegar a un determinado objetivo; todas las demás variables se pueden adaptar, incluso las emociones. El estratega no claudica jamás en poner como una constante la construcción de una emoción positiva en el futuro: la confianza. Fuera de eso, puede cambiar todos los planes y los pasos, pero el corazón de su estrategia no se negocia por nada. Si algo puede amenazar la confianza, no se acepta bajo ningún concepto.

Rafael Beltrán

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