ROL DEL PSICÓLOGO DEPORTIVO

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En los deportes de equipo, el psicólogo hace el noventa y cinco por ciento de su trabajo con el entrenador; lo construye más que a un deportista porque es el líder y a través de él tienen que llegar los conceptos a los jugadores. Como primero tiene que cambiar al entrenador, el cambio en el deportista puede tardar en llegar. Es importante aclarar al entrenador que el psicólogo es su colaborador y que él mismo debe disponer de su asesoramiento generando la demanda, sin esperar que sea el deportista o el psicólogo quien tome la iniciativa, porque de esa manera resulta invasivo.

El psicólogo tiene un rol específico y su error más habitual es opinar sobre detalles técnicos cuando todavía no generó la confianza necesaria con el entrenador. Una vez que el vínculo es intenso, puede hacer lecturas de aspectos más vinculados con lo propio del deporte específico, con un enfoque psicológico de sus reglas, sistemas de juego, estrategias y tácticas. Para esto es bueno que conozca bien el deporte y, si además lo ha practicado, corre con una ventaja que le permite empatizar y comprender mejor lo que está pasando en la mente del deportista y de su entrenador.

Los entrenadores suelen estar más dispuestos a escuchar y a pedir ayuda cuando están tan nerviosos que su desesperación los lleva al bloqueo. Es necesario que comprendan que las presiones y las expectativas no son fáciles de controlar. Hay que conducirlos a registrar lo que pasa para que no impongan a los jugadores sus problemas actuando impulsivamente o tomando medidas drásticas e instantáneas al más mínimo error. Si el entrenador cree que su identidad se basa en seguir de manera fundamentalista sus ideas, en vez de compartirlas, revisarlas y consensuarlas con el equipo o el cuerpo técnico, genera un clima unilateral y de poca colaboración. Los entrenadores “mueren con la suya” a veces tienen éxito pero, por lo general, mueren.

El miedo a algunos resultados puede hacer que el entrenador involucione en su proceso, que vuelva a estadios ya superados; sin embargo, todo es parte de un proceso de crecimiento. El psicólogo vela por la construcción de un vínculo de confianza mágico y encantador entre el entrenador y sus jugadores, para que el primero pueda sacar lo mejor de los segundos. El entrenador puede atribuir el desarrollo de la confianza en el equipo a cualquier razón que no sea el trabajo del psicólogo. Éste debe mostrar paciencia, comprensión y aceptar que su trabajo es subterráneo y que sólo será valorado en el largo plazo; tiene que ser un ejemplo de apertura al diálogo, paciencia, perseverancia, tolerancia, sentido de autocrítica y aceptación de críticas para el entrenador.

Con respecto a las comisiones directivas, deberían apoyar o estar convencidas de la efectividad de las estrategias del psicólogo y de sus modos de abordaje. Si la comisión sostiene la fantasía de que los resultados se logran gritando desde afuera de la cancha, y se involucra a ese nivel con el equipo, entonces no está de acuerdo con el psicólogo y es imposible un trabajo conjunto. Cuando la comisión directiva tiene las mismas dificultades que los entrenadores –es decir, si bien quiere ayuda, al mismo tiempo insiste en el error–, obstaculiza así el trabajo. Para el psicólogo es de gran importancia la confianza de la comisión directiva en sus intervenciones. Debe comprender que el psicólogo no esgrime opiniones populares, sino apreciaciones científicas.

El psicólogo deportivo es un asistente del entrenador; debe ayudarlo a detectar el estado anímico de los jugadores antes de la competencia, y desde ese lugar, generar una estrategia de abordaje que posibilite la liberación de su impulso para maximizar sus recursos. No se trata simplemente de decir un “kit de frases motivadoras” según sus propios parámetros, sino de ayudar al entrenador para que el jugador recupere cierta estructura mental propia de la infancia. Es decir, que aprenda y asimile todo lo que se le presenta, que funcione a modo de esponja en la dinámica de su juego.

El psicólogo tiene que entender cómo funcionan las coordenadas de motivación de cada jugador para que éste las conozca y las disponga a voluntad, de lo contrario la motivación se convierte en algo que le pasa y sobre lo que no tiene ninguna posibilidad de control.

El trabajo del psicólogo radica en que el miedo a perder del jugador no sea mayor a su posibilidad de divertirse; de otra manera, simplemente se bloquea. Así como la confianza hace que los sueños se transformen en realidad, el miedo también; pero invierte la lógica, puede hacer pensar que los medios para alcanzar un fin son exactamente los contrarios a los que llevan a él. El psicólogo tiene que anticiparse y ver esa inversión lógica para mostrársela al entrenador y a los deportistas. La lógica en pleno éxtasis del miedo se presenta como correcta, pero la lógica correcta para el alto rendimiento es la que surge del éxtasis de confianza.

El psicólogo debe conocer las habilidades centrales de cada deporte para trabajarlas desde lo mental. Hay deportes donde lo central es el equilibrio, mientras que en otros prima la fuerza, la resistencia, la destreza individual o la coordinación colectiva. A partir de ahí, debe poner en juego y en práctica el desarrollo evolutivo de la capacidad y del funcionamiento mental del alto rendimiento que sustenta a las habilidades, y los contextos singulares donde aplicarlas. Esto último es lo más complejo, porque hay una gran cantidad de variables que influyen para que cada día se defina un contexto diferente, en donde un jugador o un equipo se siente de determinada manera. El contexto presenta una gran cantidad de detalles de coyuntura que pueden afectar la susceptibilidad de entrenadores y jugadores. Debe ponderarse bien cada una de las variables para no perder de vista el objetivo, y deben realizarse ejercicios que nada tengan que ver con la práctica que realiza el entrenador para mejorar la técnica, sino que sirven para trabajar el aspecto mental.

La psicología deportiva tiene un aspecto de asesoramiento en relaciones y grupos, y otro de Alto Rendimiento propiamente dicho, el cual se divide, a su vez, en estrategias del juego en general y en dinámica del equipo y del jugador, donde se enfoca el desarrollo de la destreza individual.

El trabajo del psicólogo en este marco no se valida con los resultados a corto plazo, aunque para la comisión directiva así sea. El psicólogo de Alto Rendimiento construye entrenadores y jugadores con fortaleza psíquica, con herramientas para afrontar derrotas, con estrategias para hacer frente a los desafíos, con unidad grupal, con sentido y diversión. No construye equipos ganadores en el corto plazo, sino como resultado del trabajo a partir de la consolidación de los principios con los que ha trabajado y evidenciado su eficacia en esta área.