ROL DEL ENTRENADOR

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Un entrenador completo es aquel que conoce las causas de su éxito, de manera tal que puede repetir las variables centrales de su trabajo en cualquier contexto. Tiene en claro los aspectos técnicos, su sistema de juego, y conoce a la perfección los factores que desarrollan la confianza de sus jugadores en los momentos críticos. Un entrenador completo llega a la excelencia cuando construir un equipo es más importante que ganar un partido, cuando es capaz de separar medios de fines, y sabe priorizar los primeros aunque implique postergar los segundos.

Un entrenador bueno y autosuficiente confía en su equipo y hace sinergia con sus colaboradores, en quienes delega parte de su rol. Porque sabe que al compartir los pensamientos con los jugadores y todo su equipo técnico maximiza y potencia al grupo. Quien cree, en cambio, que tiene que saber manejar todo lo referido a lo físico, técnico y mental y no se deja ayudar por otros profesionales, fracasa.

Puede ocurrir que un entrenador sea bueno o malo bajo determinadas circunstancias –como ganar o perder, ocupar un lugar en la tabla o no– y con determinado nivel de jugadores; inclusive puede transformarse en otro entrenador durante un mismo partido. Pero el buen entrenador se diferencia en estos momentos; se conoce a sí mismo y prioriza sus pensamientos por sobre sus emociones, como le exige su rol profesional. No es un jugador más ni parte de la hinchada; es el cerebro del equipo, el corazón está en los jugadores.

El entrenador debe comprender todo el contexto del juego a la hora de tomar decisiones. Éstas son una tarea compleja, única y meditada, que involucra una gran cantidad de variables, y siempre hay algo que se gana y algo que se pierde, que a su vez se pondera de manera diferente en cada situación. El jugador cree que las decisiones del entrenador son simples y que obedecen a una sola variable, pero cuando esto no se cumple, se pone nervioso. El entrenador debe hacerle ver que su criterio es una tarea compleja, satisfacer a un equipo no es lo mismo que satisfacer las necesidades y expectativas de cada uno de sus miembros.

El lugar natural del entrenador es, como su nombre lo indica, el entrenamiento; sólo en ese momento él es un protagonista activo. La confianza, la capacidad física, técnica, táctica y estratégica las debe trabajar de manera razonada y planificada en los entrenamientos. La competencia es del deportista; el cuerpo técnico, al igual que los espectadores, queda afuera. El juego es del jugador, y querer robárselo a los gritos desde afuera es una desconsideración de mal gusto que hacen muchos entrenadores y que destroza la confianza, sin asumir la responsabilidad de que esos errores son el resultado de malos entrenamientos. En estas situaciones el entrenador no se da cuenta de que está fuera de control dando un espectáculo pobre, y tampoco tiene la capacidad de empatizar con el jugador experimentando cómo se sentiría él si le estuvieran haciendo lo mismo. El fútbol se juega adentro de la cancha con la pelota, y no con la lengua desde afuera. Los jugadores tienen que estar en su mayoría satisfechos, contentos y agradecidos con la gestión del entrenador. Puede existir alguno que no lo esté, pero en general el equipo debe estarlo.

Es responsabilidad del entrenador actual que los jugadores estén al tanto de la adquisición de las destrezas individuales. Las que no se adquirieron no dan lugar a la espera ni al reproche, deben ser desarrolladas, son condiciones del juego, las cartas con las que juegan los jugadores: sin ellas son totalmente improductivos. La ausencia de destrezas no debe reprocharse a entrenadores de divisiones inferiores, sería un intento de eludir la responsabilidad actual, sin orientarse a una solución posible. El entrenador debe encargarse de que el jugador lo resuelva mediante los medios que considere necesarios.

El entrenador debe definir los objetivos que tiene, lo cual es una tarea difícil ya que puede ser movilizado por la necesidad de sentirse líder, de captar la atención de todos, de ser conocido o famoso, de ganar plata, etc. Es necesario que reconozca con claridad lo que quiere, para partir de ahí, generando una estrategia y pagando los costos necesarios en función de los objetivos trazados.

Así como transmite confianza, también transmite los miedos y los nervios que tiene al equipo, cuanto más los niega, más claramente los transmite, no pudiendo hacer nada para que no lo noten. Los jugadores captan todo lo que le ocurre al entrenador y finalmente clonan su estado mental. Éstos no le perdonan que no se tenga confianza, porque necesitan sentir la confianza de su entrenador, que se evidencie que él cree en su potencial, en su capacidad para desplegar un juego valioso.

Si el jugador no se apropia del juego y se convence de que es un títere del entrenador no va a disponer de todos sus recursos, sino que va a estar constantemente con miedo a dañar el juego del entrenador y como consecuencia se limitará. En todo momento el entrenador se tiene que preguntar: “¿Cuánto protagonismo estoy generando en los jugadores?”. Éste se logra haciéndole saber al jugador que el juego es suyo.

Tanto los entrenadores como los profesores de educación física desarrollaron sus profesiones porque tuvieron una motivación particular para hacerlo, pero no comprenden que sus jugadores no la tengan y no comprenden cuando se encuentran con falta de compromiso, pasión, entrega o entusiasmo. Deben entender que son los guías y protagonistas activos de los jugadores, y que su trabajo es fomentar estos factores en los deportistas y sacar lo mejor de cada uno. Pretender eludir esa responsabilidad, alegando que el jugador no tiene el compromiso o los valores necesarios para competir, es no asumir el rol de motivador que le corresponde.

La disciplina es un valor cuando el jugador la elije, no cuando se le impone, porque así es contraproducente; el entrenador debe generar los medios para que el deportista ame y pida disciplina porque le encuentra un sentido.

Algunos jugadores constantemente desafían la autoridad del entrenador a partir de la provocación, para medir cómo son considerados y para encontrar en el grupo un reconocimiento que no consiguen de otro modo. Cuestionan casi todas las decisiones del entrenador, siempre están en contra y quieren imponer su propio sistema de reglas para sobresalir, rompen la dinámica de los entrenamientos alegando que son improductivos o aburridos. “Ponerle los puntos” a un jugador conflictivo o provocador es entrar en su juego y agravar el problema. La manera de abordarlo es involucrándolo, comprometiéndolo, demostrándole que su comportamiento no afecta a nadie y generando una situación donde sea el grupo quien le corrige pero no el entrenador. Para esto hay que darle responsabilidades, hacerle pedidos donde se pueda lucir y llamar la atención que está tratando de atraer a través de su mal comportamiento. El jugador está diciendo: “Quiero llamar la atención, necesito que vean que me pasa algo que no sé lo que es y necesito ayuda”.

Los jugadores con demasiado entusiasmo o autoexigentes pueden tener comportamientos disruptivos y negativos; el entrenador debe tener la capacidad de ver estos fenómenos para capitalizarlos en lugar de vivirlos como una provocación. Debe enfocarse en el origen de esa tendencia avasallante, contradictoria, para ponerla en evidencia ante el jugador y que así vea las consecuencias negativas que tiene su comportamiento.

El entrenador puede delegar poder en un grupo para salir de su posible arbitrariedad; de esta manera, el equipo tiene un mecanismo alternativo para resolver una situación dada.Con el acuerdo unánime de un grupo de jugadores, que incluya capitanes y subcapitanes, puede torcerse la decisión de un entrenador.

Este sistema de resolución de conflictos, además, establece reglas claras de comunicación, y baja la intensidad de los planteos hacia el entrenador. Las demandas o cuestionamientos deben pasar si o si por el capitán y subcapitán, no así los comentarios, puntos de vista, e inquietudes que pueden ser tratados directamente con el entrenador. Así el entrenador no se transforma en blanco de quejas y exigencias particulares, sino que recibe las que fueron procesadas por el capitán y sub-capitán.

En el caso de jugadoras mujeres, lo que más valoran de un hombre es la fuerza de su paciencia. Cuando su entrenador se enoja por lo que ellas hacen, o lo ven caer en su provocación, comienzan a considerarlo débil y vulnerable; y no perdonan este tipo de actitudes, razón por la cual aumentan cada vez más la intensidad de su provocación.

Los entrenamientos deben respetar los tiempos de aprendizaje y empatizar con la evolución del deportista, con la dificultad del cambio, también saber re-dirigir los intereses hacia nuevos objetivos. No es bueno forzar al jugador para que incorpore técnicas que no está preparado para recibir, porque las vive como críticas que lo frustran; si no ve lo que el entrenador le señala, y simplemente obedece, el aprendizaje no sirve. Es él quien sabe si está preparado para hacer modificaciones en su técnica sin afectar sus niveles de confianza. Los deportistas con autonomía aprenden a marcarle al entrenador hasta dónde pueden avanzar. El aprendizaje no se incorpora cuando lo ve el entrenador sino cuando lo ve el jugador: es siempre una experiencia individual, se trata de asimilar el conocimiento a los propios esquemas, apropiarse de ese nuevo aprendizaje y asumirlo como tal.

Ver la filmación del juego potencia el aprendizaje del deportista, ya que al observar las imágenes, las modificaciones del juego se encarnan de manera natural, aumenta el registro interno de los errores y el deportista incorpora mejor las recomendaciones. La visión de los movimientos clarifica el modo de pensar y garantiza que los cambios se hagan cuando el deportista esté preparado para hacerlos.

Las técnicas son herramientas para los jugadores, no leyes. La imposición de éstas, fuera de contexto, anula la originalidad y el proceso interior de evolución. El entrenador tiene que entender las características del jugador y alinearlo al objetivo, sin cambiar su naturaleza; tiene que saber combinar las técnicas con el estilo de juego y la originalidad del jugador. El entrenador debe detectar las demandas del deportista y satisfacerlas con un menú de alternativas, sin forzar sus expectativas con las propias; de lo contrario, el deportista se exige más de lo que su mente puede soportar y se bloquea.

No se puede esperar que un deportista tenga la confianza de un adulto si se lo trata como a un niño. Para que el deportista se sienta protagonista, confíe, se inspire y se conecte, ese protagonismo tiene que empezar afuera de la competencia. Tiene que descubrirlo y aprenderlo por sí mismo, opinando en un entrenamiento o en una charla previa, asistiendo a entrevistas y a conferencias de prensa. El entrenador, por su parte, debe ser conciente de que su tarea es la de ser un facilitador para que el jugador dé todo en el juego. Muchos entrenadores no sólo no ayudan a desarrollar este protagonismo fuera de la competencia, sino que ni siquiera permiten al deportista ser protagonista en el juego; pretenden controlarlo con un joystick, convirtiéndolo en un jugador sin confianza y apático.

El entrenador debe ser visto en una jerarquía mayor sólo en relación al conocimiento y a la experiencia en determinado deporte. A nivel personal se encuentra a la misma altura que los jugadores; las correcciones deben ser hechas de manera constructiva, y pasibles de ser asumidas por los jugadores como refuerzos positivos, no como críticas. El lugar para hacer la corrección es el entrenamiento. Durante el partido, un buen entrenador hace todo lo posible para que el jugador se olvide de las malas jugadas y se centre en las buenas. Demanda mucha grandeza poder esperar el momento oportuno para hacer la corrección y conseguir que sea constructiva.

Durante la competencia no se puede criticar a un jugador que comete un error, porque él también ya sabe que se equivocó, marcar la regla después del error puede hacerlo cualquiera. El buen entrenador se anticipa a los errores futuros durante los entrenamientos, y los trabaja. En la competencia, en cambio, se limita a anotarlos para trabajarlos en el próximo entrenamiento; sabe que los aprendizajes tienen su tiempo y su lugar.

Los entrenamientos bien diseñados son aquellos en que los jugadores se encuentran con el límite y deben ser capaces de resolverlo, la distancia entre los entrenamientos y el partido debe ser lo más corta posible, de no ser así, no tienen nada que ver con el partido.

Durante las prácticas, los entrenadores deben orientarse a marcar cambios tácticos; los errores deben ser señalados pero no a modo de crítica, el reforzamiento positivo es clave para tranquilizar y redoblar la confianza del jugador. No se trata de señalar errores para marcar “cuán malo es” sino para demostrar “cuán bueno puede ser”; ver los errores es el primer paso para corregirlos, y un buen entrenador debe hacer notar eso. Corregir siempre tiene un costo: mejora la técnica, pero baja la confianza del corregido. En el entrenamiento el saldo de la corrección está del lado de la mejora técnica; en la competencia, está del lado de la disminución de la confianza. Corregir durante la competencia obedece a una descarga de las frustraciones y miedos del entrenador que afectan su profesionalismo y el rendimiento del deportista.

Cambiar un jugador por haber cometido uno o varios errores destruye su confianza y su capacidad para tolerar el error; a veces no vuelve a intentar jugar por miedo a equivocarse. En los equipos hay que analizar la conveniencia de hacer las correcciones de manera individual, o de hacerlas delante de todo el grupo para que todos tengan la oportunidad de aprender del error del otro. Si el entrenador no sabe cómo puede reaccionar el jugador frente a la corrección, es mejor que lo haga de manera individual para no exponerlo.

El compromiso es un concepto peligroso porque bajo su utilización se pueden esconder exigencias desconectadas de los verdaderos impulsos que sustentan la motivación genuina. Los entrenadores creen que pueden incidir en los niveles de exigencia del deportista, pero éste ya tiene su tipo y nivel de exigencia. Lo que debe hacer el entrenador es entenderlo y manejarlo, para captar la dinámica en la cual el deportista se exige a sí mismo. Este es el camino natural para el desarrollo deportivo y para la construcción de lo que los entrenadores suelen llamar compromiso. El entrenador es un asistente, un colaborador, un potenciador del deportista y no su jefe, su padre o aquel que le reprocha o le exige compromiso y esfuerzo.

Dar la oportunidad al deportista o al equipo para que planifique sus entrenamientos o para que encuentre él mismo los puntos a mejorar lleva a la autogestión. Ésta deriva en autoexigencia, conocida como compromiso, que parte de la motivación natural del deportista o del equipo por el poder descubierto en sí mismo, luego de que se le confió una responsabilidad. El compromiso no surge a partir de una presión externa. Para llegar a este estado, el entrenador debe tener mucha confianza en sí mismo y en su autoridad, porque solo así puede dar al deportista el grado de libertad que necesita para desplegar su potencial e iniciativa.

El deportista no debe competir con otro que no sea sí mismo; por eso, debe hacer actividades donde de manera solitaria se compita y se supere. Un ejemplo es el del frontón en el tenis.