RELACIONES Y VINCULOS

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El vínculo ampara el comportamiento recíproco, hay al menos dos personas, dos puntos de vista. Se juega el contenido, hay que saber la diferencia entre pedir y exigir para ganarse el respeto que siempre tiene un costo.

El problema en los vínculos se da cuando la persona no puede diferenciar el “yo-tu”, que es la base de la alteridad. Hay un momento en que, en el foco de la conciencia, uno deja de ver que el otro puede tener defectos, y al vivirlos como propios se enoja. Porque detrás del enojo siempre hay un miedo, el miedo al propio defecto que no fue aceptado en el otro. En el enojo uno se siente forzado a hacerse responsable por algo que hizo otro. Aceptar que ese otro es diferente es aceptar que a él también le pasan cosas, es frágil, y también se defiende. Si no se pueden aceptar la diferencia, la mente se instala en uno u otro polo: la idealización o la descalificación. Al idealizar a la otra persona, cada uno a su manera y en su medida particular, se cierra a disfrutar las diferencias de personalidad que en definitiva es lo más atrapante y maduro en una relación. La persona idealizada es una proyección mental propia, una fantasía de las propias expectativas resueltas; toda idealización es una idealización encubierta de uno mismo. Por otro lado, la descalificación lleva a una pérdida de interés en el descalificado.

Un correcto análisis de las buenas relaciones permite identificar cuáles son los factores y patrones clave para poder replicar ese modelo en otras relaciones exitosas. Sin embargo, cada relación es un mundo que se recrea a medida que uno avanza, y las reglas y normas se acuerdan entre las personas, no se replican modelos.

Existe una bronca e intolerancia con el otro cuando uno se tortura, se exige y se hace responsable de lo que hacen o dejan de hacer los demás. Creer que uno tiene que hacer cosas para que el otro cambie, o el hecho de volverse cero susceptible a las cosas que plantean los otros –no involucrarse– refleja un cinismo en las relaciones.

El problema de la interacción social se instala en la cabeza con el prejuicio anticipado de lo que va a pensar el otro respecto de uno, pueden ser cosas positivas o negativas. Estar a la defensiva por ellas es lo que trae la mayor cantidad de problemas. En contraposición, hacer un planteo o reclamo hacia el otro supone una falta de capacidad para manejar la comunicación dentro de un espacio más comprensivo y constructivo. Si hay que corregir, conviene hacerlo desde una perspectiva de humor para descomprimir las tensiones que suponen todo cambio. El gran desafío de las relaciones es que la bronca porque el otro no sea como uno quiere se transforme en algo divertido.

Cada cual está convencido y le gustan cosas diferentes, no todos tienen que pensar igual. Lo que a uno le gusta, a los otros puede no gustarles. La gente piensa distinto y antes de ponerlas en tela de juicio, hay que descubrir las diferencias para no forzar al otro a que sea como uno. No hay que tener miedo de tratar a cada persona de diferente manera, porque la gente es distinta; parece una obviedad pero no lo es. No se puede predecir al otro y menos darlo absolutamente por supuesto, no porque no se lo conozca y porque sea un enemigo sino porque es diferente y libre, no se puede controlar y eso es lo que enamora.

Una relación se construye al entenderla y al darle tiempo, y no a partir de argumentos ni con la obsesión de conquistar a la otra persona para torcer su voluntad y cambiar su manera de pensar a favor nuestro.

Lo que está en juego no son las características del otro sino la propia capacidad de manejar determinada persona con esas características.

Lo difícil de la vida es evolucionar, es entender y aceptar las diferencias, y que es bueno que existan, de otra manera los problemas se acentúan y se vuelve una lucha por validar que todos piensen y sientan igual. La fantasía de la simbiosis colectiva no acepta la diversidad en cualquiera de sus manifestaciones.

Lo que encanta es encontrar a alguien que es como uno quiere ser, no alguien que cumple con lo que uno dice que hay que hacer.

Escuchar y tener interés por el otro no significa estar de acuerdo con todo lo que dice, eliminando así la opinión propia. El consenso se da al pensar juntos y acordar –eso incluye ceder y respetar las diferencias–, no significa pensar igual. Es bueno compartir las cosas con alguien pero no significa que sean iguales. El respeto por el otro, el respeto por las diferencias, por no poder cambiar un problema, no tomarse en serio la responsabilidad de cambiar al otro es lo que más reduce la violencia, tiene que haber un reconocimiento del otro como autónomo, que maneje algo diferente no significa que lo maneje mal. Querer que la otra persona entre dentro del propio esquema mental, no es respetarle su libertad.

El buen modo es violento cuando quiere ocupar el espacio de la empatía, ésta significa que el otro sienta que uno se tomó el tiempo de entender sus intereses, intensiones, debilidades y miedos. Ser alguien que impone de manera muy cálida, arbitrariamente sin escuchar al otro, es comerse el personaje de la educación. Hay que entender más las emociones propias y las de los otros, tomarse el trabajo de sentir lo que siente el otro, intentarlo, no desconfiar del propio poder de hacer contacto, de sentirse invasivo, y no creer que por entrar en acción se entienden y se resuelven solas.

Cuando no se aprendió a respetar las diferencias hay que tomar distancia porque no se discute sobre el tema en cuestión sino sobre el vínculo que ya cruzó un nivel de agresión. El poder se puede utilizar para construir una visión, o para cambiar a alguien que no quiere cambiar, que es altamente improductivo.

En un vínculo sano ambas partes acceden a conocer las perspectivas ajenas, pero las respetan como tales, no se mimetizan con ellas, ni tienen intención de imponer las suyas, comparten algunas cosas y mantienen el resto dentro de su propia integridad.

Ser claro y decir “no”, marcar la diferencia, fortalece las relaciones y evita vínculos enfermizos. Sobreactuar la empatía es fácilmente reconocible y desagradable. Más allá de que sea obvia la mentira de la adulación, más se valora el reconocimiento de la intención de agradar al otro.

Para llegar a una idea conjunta es necesario ceder en algún punto, perder algo en pos del vínculo. Si nadie quiere perder nada, aparecerán las peleas y los problemas, aprender a vincularse es también aprender a equivocarse.

A veces para construir debe pagarse el costo de un conflicto. Si bien es mejor no tener conflictos con nadie, si el proyecto vale la pena es necesario asumir el costo, como la soledad o la agresión. En esos casos, resulta utópico pensar que con la empatía puede minimizarse el sufrimiento. Comprender al otro no significa poder ahorrarle el costo de los conflictos. No se le puede pedir a la empatía más de lo que puede dar. Inevitablemente el conflicto generará en el otro resistencia.

Cabe diferenciar empatía de buen modo. Este último es un grupo de expresiones agradables, pero no supone comprender la subjetividad del otro. La empatía, en cambio, se centra no tanto en el buen modo como en la comprensión profunda del otro. Puede tenerse un excelente buen modo, característico de vínculos superficiales cuando es lo único que hay, pero una baja empatía. El vínculo no se define por el buen modo sino por el nivel de empatía.

El buen vínculo valora más las opiniones diferentes, propias y sinceras, que la complacencia que se justifica pasivamente.

Es mejor no entrar en la provocación, sino más bien ser indiferente. Ante una agresión el silencio nunca es error. Si bien es indiferencia, siempre se explica y se entiende. Porque la indiferencia lleva a quien la recibe a pensar en lo que pudo haber hecho mal.

Frente a una provocación, en lugar de bloquearse por exigirse una salida brillante, es mejor ser distante y transmitir desinterés, ignorando el comentario. De esa manera, uno se apalanca no en sus convicciones sino en su capacidad de leer a los demás.

La gente se encarniza con el débil, busca provocarlo; y cuando éste se enoja, lo único que hace es confirmar su debilidad, porque entra en la provocación. Por ende, la clave es no entrar en ella.

Existe el complejo de que el otro se comporta mal por culpa de uno mismo, como el caso de la mujer golpeada por ejemplo –que se cree responsable de la violencia del hombre–.

Cada vínculo es único, tiene un tiempo, un calor, una singularidad, una originalidad especial, una profundidad e intensidad que le da sensibilidad y receptibilidad. Esa singularidad da también fortaleza y confianza a la persona, al sentirse valorada y escuchada, sin ser juzgada o descalificada, dentro de un marco relajado que da seguridad. El vínculo se basa en el diálogo auténtico e íntimo –natural y humano– en el cual las personas deben entrar en contacto, no en supuestos, con complicidad e incondicionalidad. Es un espacio donde se pueden compartir las debilidades, y no hace falta tener conocimientos profundos para poder hablar.

Hacerse valorar significa que el otro sienta que realmente lo necesita a uno, y no es, en cambio, ser reconocido a partir de la queja. No hay que tener miedo de mostrar los propios temores, ni hacerse el fuerte, aunque tampoco victimizarse, de esa manera el vínculo no sirve. La preocupación por cómo vincularse tapa las capacidades más genuinas y las diluye.

Los vínculos tienen una distancia óptima que acompaña, comprende y respeta los espacios donde cada uno puede dar y desarrollar lo mejor de sí. Se trata de poner distancia, no límites.

Respetar es reconocer el valor del otro a partir del reconocimiento del propio valor. El irrespetuoso no se valora a sí mismo. En el trato al otro se refleja la percepción del sí mismo.

Todas las interpretaciones sobre lo que uno es por algo que hace el otro hablan de la falta de distancia psíquica, es confundir dónde termina uno y empieza el otro.

La distancia óptima es la condición para el respeto de la individualidad del otro, su originalidad, diferencias, expectativas, autonomía, autenticidad, tiempos, capacidades e historias de cada cual.

Casi siempre es conveniente tomar distancia frente a la peleas, porque en ese momento no está en juego el contenido sino el vínculo, y el daño del orgullo lleva mucho más tiempo de solucionar que el cambio de punto de vista sobre el tema del que se había iniciado la pelea.

El problema no es el conflicto sino lo que se impone porque no se puede tomar distancia (por la razón que sea). El control, el juicio y la crítica que invade y dispone del otro es propio de la falta de distancia óptima.

Toda relación, con el jefe, socio, empleado, hermano, marido, mujer, amigo, etc. tiene que encontrar su distancia óptima.

La distancia que se tiene con un jefe o con los superiores en la relación de dependencia es la misma distancia que se tiene con un cliente al trabajar de manera independiente.

Los vínculos con amigos y enemigos no son eternos, se construyen y destruyen continua y constantemente, debe ser siempre algo mutuo. Se dan por la voluntad y la libertad, no por la fuerza ni el compromiso. El protagonismo individual en la construcción del vínculo no significa que se pueda forzar o exigir. “

Casi todas las personas son buenas al conocerlas, al superar las barreras y defensas que tienen y que a veces pueden ser muy desagradables.

La fantasía de controlar al otro genera una falsa confianza, da la sensación de un rol activo cuando en realidad se entra en una lógica pasiva que lleva a la dependencia y a la pérdida de control..

Se dan aquí dos tipos de posicionamientos, uno activo y otro pasivo. El pasivo es lo que el otro puede hacer con uno y el activo es lo que uno puede hacer con el otro. Ser dueño de si mismo es tener autocontrol que se desarrolla en la certeza de un total manejo de una habilidad o conocimiento.

Una cosa es ser rencoroso y otra es dejarle claro al que actúa mal que eso tiene un costo. “Por qué me vas a importar si yo a vos no te importo”.

Las relaciones se prueban en el trabajo porque ponen en juego intereses y visiones diferentes. Los que pueden trabajar juntos tienen un vínculo certificado. Trabajar bien no es para nada parte del vínculo. Dentro del vínculo vale todo, afuera nada. Hay un abismo entre las dos personas que estaban vinculadas y ahora no.

Los vínculos familiares son la base sobre la que se construyen las relaciones posteriores, son relaciones significativas que uno no eligió. Todo sucede más rápido, lo bueno y lo malo, porque son relaciones más intensas, cercanas. Vuelven más sinérgicas las relaciones de negocios, así como pueden empeorarlas cuando hay conflictos. Cuando el vínculo familiar no es tan sano, en una relación de negocios puede despertar resentimientos por viejas emociones reprimidas, confusiones, y contradicciones que resultan perturbadoras y que hacen que los vínculos posteriores no sean fluidos ni sinceros.

Las familias aglutinadas generan que ninguno pueda desplegar su potencial, piden sacrificios desproporcionados. El todo dispone del individuo o uno dispone del otro en nombre del todo.

Las personas violentas, con perturbaciones o malos modos, a veces son vistas como personas con mucho carácter, y en el fondo son individuos disfuncionales que necesitan un tratamiento psiquiátrico.

En los vínculos, algunos sienten que tienen garantizado el afecto y otros sienten que lo tienen que pelear todos los días. En una relación puede pedirse respeto, pero al afecto hay que ganárselo. Uno se ve más atractivo cuando puede mostrar la fortaleza de tolerar sus debilidades, defectos e imperfecciones. Así todo, no hay que depender del feedback de la otra persona para construir una relación.

No debe usarse la intimidad que el otro mostró en confianza en su contra o para agredir a aquel que la confió. Que los demás se ganen la confianza de uno es un trabajo propio. El mal camino de la confianza se da cuando se confunde con la confidencialidad –la capacidad de mantener un secreto–. Confiar tiene más que ver con ayudar al otro a encontrar la verdad que a ser cómplice. Hay que preguntarse ¿Cuál es mi capacidad para generar una relación de confianza?

Es conveniente recibir de la gente lo que tiene para dar, sin esperar nada de nadie; prescindir, dejar que la gente se muestre, conocerla y ahí ver qué hacer.

A veces nos preocupamos más por no poder sacar algo de una relación que por no dar nosotros mismos algo que a la otra persona le resulte lo suficientemente valioso. A su vez, puede suceder que demos lo que creemos que tenemos que dar, sin percibir lo que el otro siente o lo que le pasa.

Cuando a uno lo ven sin recursos, lo matan sin piedad. Hay que tener una batería completa de recursos. Detectar los que faltan. Cuando no los tiene uno suele enojarse en defensa de un valor, en vez de ver qué recursos le faltan. Cuando uno va sobrado de recursos, hay menos tiempo. La misma acción pero sin recursos tiene el efecto contrario.

Hay una brecha negativa entre la vergüenza que da que vayan a la casa de uno y la vergüenza que no da cuando uno va a la casa del otro, uno se “critica” a uno mismo. Es conveniente salir de la contradicción de que la casa propia es digna para uno pero para los demás es mediocre. La persona valora su casa según se valora y se respeta a sí mismo.

En el vínculo no es importante la comunicación, el vínculo “es” comunicación, lleva y trae información. Para transmitir alegría, confianza, entusiasmo, más que realizar un esfuerzo por lograrlo, hay que experimentarlo. De modo verbal como no verbal se transmite lo que se experimenta, no lo que se propone transmitir. La comunicación tiene que ser clara y honesta, cualquier aclaración para asegurar que el mensaje sea bien recibido es válida. La adivinación y los supuestos son la base de la falta de diálogo, basado en la expectativa de vínculos simbióticos.

La riqueza del mundo no se distribuye a partir de quienes tienen más razón que otros sino por los que se comunican mejor, cuando comunican lo que sienten. Para ser entendido, hay que salir de la discusión de quién tiene razón. El derecho a comunicarse es anterior y primario al derecho de tener razón, por eso la persona se tiene que sentir escuchada antes de ser criticada porque no está bien lo que dice o porque no tiene razón.

Muchas veces, cuando uno se siente en una situación tan incómoda como para poder comunicarla, al otro le está pasando lo mismo. Aunque no haya un acuerdo o consenso, ambas partes tienen que expresar su punto de vista, cada uno es responsable de que el otro también diga su opinión, garantizarle la expresión de sus expectativas y sentimientos sin especular con el silencio, porque tarde o temprano el costo se paga.

La conversación tiene que agotar el tema, pero no a los interlocutores. Si una idea no termina en diálogo, tiene algo de falsa o improductiva. El carisma es dialogal, deja al otro cargado de diálogo, lo involucra, le da algo, lo hace sentir parte, sentirse escuchado, es una apertura.

En la comunicación, para que el otro entienda lo que uno quiere decir, hay que decir las cosas de manera ordenada, y para eso deben estar ordenadas de igual forma en la cabeza antes de salir. Cuando se da por supuesto que el otro entiende lo que uno no dijo, denota que faltan conectores. Una cosa es querer, otra es deber y otra es poder decir algo. Lo óptimo es decir las cosas directamente, cara a cara, de buen modo y con palabras directas, sin esconderse detrás de una barrera que confunde el mensaje. Empezar por el reconocimiento de los propios errores crea un ambiente receptivo.

La comunicación tiene un doble beneficio, por un lado produce bienestar y liberación –por expresar lo que se tiene adentro– y por otro, genera la admiración por ser libre y capaz de comunicar lo que se quiere o lo que se da la gana.

Las críticas se deben hacer a modo de preguntas para que al neutralizar las defensas del interlocutor pueda ver la conveniencia de los comentarios constructivos.

No poder expresar lo que se siente, por culpa y bronca de ser juzgado es un ciclo intermitente que paraliza; hay que desarrollar la habilidad de tener el modo para conseguir ese espacio y poder expresarse.

Los problemas de comunicación con los demás, pero fundamentalmente con uno mismo, dependen del nivel en la capacidad de registro conciente de los temas del flujo de información, de focalizar y pensar en lo que se sabe que se tiene que decir. Por eso hay que buscar a los otros válidos, aquellos con los que se puede tener una comunicación fluída y que ayuda a mejorar la comunicación con uno mismo.

A veces le exigimos demasiado a la comunicación, cuando le pedimos una garantía de cambio en el otro.

El costo de no comunicar es más alto que el de comunicar, incluso cuando lo que se dice genera un problema grande.

Es muy difícil hacer entrar en razón a alguien que consiguió por lo general sus argumentos por la fuerza o por sus reacciones desproporcionadas.

Pueden hacerse bromas, que al dejar la duda, descomprimen la tensión y favorecen la escucha. Si la broma es rechazada queda abierta la salida elegante: “era una broma”, que por lo general genera complicidad, comprensión, confianza, prioridad por el bien del otro.

La broma unidireccional construye vínculo hasta que el otro la devuelve, y es donde se valida que se construyó. Tanto para validar o construir el vínculo, éste se consolida cuando ambos se hacen bromas entre sí.

No es lo mismo ser transparente, y no poder callar o filtrar los cosas. Decir todo sin dar cuenta del contexto es un automatismo perezoso de quien no es capaz de analizar cada situación.

El hombre necesita comunicarse, expresarse y manifestarse, hablar de sí mismo, y las preguntas se lo permiten. Al ser escuchado desarrolla confianza y satisface la necesidad de pertenencia.

En un diálogo se puede juzgar un pensamiento, una acción pasada presente o futura, lo que no se puede juzgar es cuando el otro abre su corazón, y entra en esa sintonía donde cuenta una emoción que seguramente evoca una contradicción entre lo que siente y piensa. La persona, ya sabe que está mal, simplemente está compartiéndola, y sólo necesita que alguien la escuche, y así entender la emoción y ver una salida a aquella contradicción que generó todo el tema, para esto ambos tienen que estar dispuestos a escuchar sus contradicciones e inconsistencias.

Conocerse a sí mismo sirve para poder entender los mensajes del otro como tales, sin confusión, ni sensación de inadecuación.

Al escuchar su nombre todos se sienten importantes y experimentan una profunda gratitud. No ser escuchado despierta agresión, la reacción de atropellar al otro, aumentar el tono de voz y hablar por encima.

El mal modo no solo es agresivo, sino que tantea la debilidad de la persona y es la herramienta contra el argumento. Muchas veces, el que cree no tener razón critica el mal modo del otro, es una manera de salir del punto central para buscar donde sí pueda ganar. En esas situaciones la conversación pierde sentido. La vanagloria es proporcional a sentirse desvalido, es la compensación por la duda de ser genuinamente valorado. “¿Quién va a considerar mi idea?” Las discusiones desagradables deben ser evitadas lo antes posible, solo traen daños para todas las partes. “Disculpame pero no me estoy sintiendo cómodo con el modo de esta charla” o “A lo mejor no es el mejor momento para hablar. Prefiero dejarlo para otro momento”.

Es imposible no comunicar, el silencio también lo hace. La mirada, la proximidad o la lejanía, la cinética, el tono, son todos factores que comunican más allá de las palabras; obligan a la verdad. Constituyen un nivel más analógico que da cuenta de muchas sensaciones y pensamientos, que pueden o no ser congruentes entre sí.

La buena comunicación utiliza las miradas, las palabras y sobre todo el silencio necesario para la escucha. La frialdad se entrena con la mirada, la pregunta y el silencio. El diplomático piensa dos veces antes de hablar, y elige cuándo no emitir palabra.

Churchill decía: “Valor es lo que se necesita para levantarse y hablar, pero también es lo que se requiere para sentarse y escuchar; a menudo me he tenido que comer mis palabras y he descubierto que eran una dieta equilibrada”.

Hay que aceptar más puntos de vista para salir del propio criterio y ampliar el campo de conciencia.

El vínculo se materializa en la naturalidad de la conversación y en la armonía de sus silencios. La escucha auténtica capta por medio del modo del silencio, por considerar importante lo que el otro tiene para decir. El silencio deja ver las grietas del discurso, las necesidades del otro para entender cómo vive cada situación. Para captar la necesidad del otro hay que estar dispuesto a callar, escuchar y a hacer preguntas.

A menudo encontramos personas que quieren o piden lo que no están dispuestas a dar.

El vínculo se consagra en el encuentro definido por el ambiente, los temas conversados, las cosas que se comparten, que sólo se dan en la verdad, la suponen.

La comida en la propia casa, a la noche, genera un encuentro más cercano que el que se da en un restaurante o en un almuerzo, o desayuno, o en la oficina o en teleconferencia, por teléfono, correo electrónico, carta, etc., y así la cercanía se puede ir perdiendo de forma gradual, hasta el distanciamiento máximo que se da con la carta documento y la demanda judicial. Este abanico de tipos de encuentros suma más o menos en la construcción del vínculo. Pudiendo utilizar el encuentro más cercano, hay que hacerlo; entre mandar un correo electrónico y llamar por teléfono, se debe llamar, y si se lo puede visitar mejor aún.

Es un engaño, pensar que un correo electrónico construye una relación, muchas veces esconde el miedo a exponerse. Todo es válido para concretar el encuentro personal. El modo es el envase del mensaje. Un mal modo hace que el que lo recibe se centre en el envase y no en el contenido, excusando su negativa en la forma utilizada, más allá de que el contenido resulte favorable.

El mensaje con preguntas garantiza el modo amable, abierto y permite que el otro decodifique según sus propios esquemas, e incorpore el mensaje. En cambio, si es invasivo, estricto, dirigido al cambio en la manera de pensar del otro, el mensaje sólo logra levantar las defensas y justificar la perspectiva contraria.

Como dijo Borges cierta vez: “Uno no debe tener razón en las discusiones, es una descortesía, una crueldad”. Todos tienen derecho a saber pero también a no saber. Es mas valioso y valiente asumir la falta de saber, que asegurar “saber todo”.

Tener la humildad de dejarse ayudar y asesorar implica tener conciencia de las limitaciones, es el primer paso y el esencial para empezar a mejorarlas. El autosuficiente no está dispuesto a escuchar a nadie ni a cambiar sus pensamientos, no se sustenta en argumentos válidos sino en la vacía y rígida obsesión por conservarlos.

La capacidad de cambiar de idea frente a otra idea superadora demuestra no sólo humildad, sino grandeza, y gran capacidad de flexibilidad y adaptación. El complejo a no deber favores limita el desarrollo del soberbio que no se deja ayudar.

El dar automático e irreflexivo, por mas que parezca incondicional y desinteresado no construye relaciones de valor recíprocas y sustentables en el tiempo. Este modo no deja ver el valor de cada cosa.

El temor vuelve agresivo al complaciente como compensación fallida de su falta de determinación. Permitir el maltrato no da derecho a enojarse con otros, sino con uno mismo, es necesario entender dónde faltó poner el límite y dejar claras las cosas en su momento, para evitar consecuencias negativas.

Dar explicaciones que nadie pidió, y justificarse sin necesidad es propio de la debilidad y de la falta de determinación. Pone en evidencia una culpa escondida que se quiere tapar. La verdad no hay que explicarla, al hacerlo se compensa el temor a la no valoración de las ideas. Hay que evitar entrar en aquellas situaciones adonde uno cree que tiene que dar explicaciones y demasiadas razones para que su gente justifique sus otras ineficiencias.

La determinación y el convencimiento, aunque tienen sus costos son fácilmente reconocibles, admirables y respetadas, no dan explicaciones ni dejan dudas del mensaje, sino que sus palabras dicen con la convicción que las sustentan, son una afirmación del ser, una posición de valor, no de lástima, que lucha por lo que quiere y piensa.

Las mismas palabras, con diferente determinación, dan a entender diferentes cosas. Evitar la comunicación para no confrontar lleva a un refugio ficticio en fantasías, la personase queda encerrada en un diálogo consigo misma y tarde o temprano explota, lo que arruina las relaciones. Asumir el costo de la propia verdad y comunicarla es liberador, y construye una personalidad sana y en contacto con la realidad.

Si las cosas están claras no hay lugar para la confusión; todas las partes actúan de acuerdo a una verdad compartida, y si alguien se confunde, lo hace también en relación a esta verdad de la que es conciente. El poder de uno sobre otro deteriora el vínculo y le da un toque amargo. El disfrute de ese poder atenta contra la experiencia del calor del vínculo de igual a igual.

Se critica y juzga de la misma manera que se cree ser criticado y juzgado. El que trata a los otros como tontos, muestra su propio complejo de serlo. El que confía en los demás, siente confianza en sí mismo, el que ayuda sabe que será ayudado, lo mismo que el que traiciona, lo hace porque cree que será traicionado.

La percepción de las propias miserias genera la fantasía de que lo demás actuarán de la misma manera. Por ello algunos quieren tener todo controlado y no dan libertad para elegir, convencidos de que, si pudieran, los otros elegirían dañarlo. La conducta del otro es una de muchas tantas posibilidades que podría tener; es una de las mil variantes que podrían resolver sus diferentes situaciones.

No se es lo que se actúa, porque del conjunto de conductas posibles, se elige una sola que no agota a la persona. Las emociones, los sentimientos encontrados, las dudas, las susceptibilidades, las historias, los miedos, los pensamientos, las experiencias y las expectativas nunca serán descubiertos en una conducta particular. Algunos confunden sus miedos con su personalidad y su carácter.

Usar catálogo de conductas, buenas y malas, para juzgar no dan el conocimiento de nadie. El juicio de valor queda en la periferia, sin entender el mundo interno que la conducta no puede mostrar. Entender al otro es saber que hay un mundo complejo abierto a oportunidades por descubrir. Querer controlar las relaciones anticipando los miles de posibles comportamientos del otro es propio de una paranoia que deteriora.

La expectativa de que los vínculos sanos son totalmente desinteresados es un error y lleva a que después los vínculos no se los sepa cuidar ni desarrollar. ¿El interés es malo y el altruismo es bueno? Uno setea la relación desde que empieza.

Construir un vínculo, mezclar la amistad, los afectos y las relaciones con beneficios genera rechazo y parece aberrante.

En los sentimientos, en los estados de ánimo, las emociones y los afectos puede haber un rol activo o pasivo, a la hora de dar sentido y elegir qué sentir. Se puede cargar el afecto eligiéndolo libremente y tomando la iniciativa de a quién se quiere y a quién se odia, y no tomarlo como una carga de la que se está preso.

Pero en todo vínculo hay un beneficio, que es mutuo, aunque sólo sea el hecho de sentirse acompañado, contenido o protegido, y hay que aceptarlo. Los vínculos satisfacen necesidades, y hay que ser consciente de ellas. Al no esperar del otro lo que no quiere dar uno se va dando cuenta de lo que sí quiere dar, porque lo da.

El afecto tiene una estrecha relación con la gratitud que se siente por haber sido puesto en un lugar de poder ser, de poder ayudar, de ser valorado. Las necesidades básicas son prioritarias y ponen a prueba los vínculos y sus afectos.

Los vínculos se sustentan en la cantidad de tiempo compartido o en la calidad de los encuentros, según el modo en que se incorpora al otro en la propia vida.

Debe respetarse el tiempo necesario para construir un vínculo, no apurarlo ni violentarlo, porque es un proceso donde cada cual tiene su tiempo y sus necesidades. Un solo evento impactante no forma un vínculo real. Éste se sostiene por el disfrute, la simpatía, la seguridad, y la comprensión que genera, no por un acuerdo de pautas frías o planificadas. Tiene que ver con la captación de las necesidades del otro, con la empatía.

No poder salir al encuentro empático con el otro puede generar una recelosa actitud defensiva y resentida del tipo: “si querés estar bien conmigo, ¡ganátelo!”.

Que el otro quiera lo mismo que uno y viceversa, a lo mejor, es una consecuencia del encuentro, el cual no es fácil, no abunda. Hay que diferenciarlo de una relación en la cual hay muchas cosas y sin embargo puede no haber encuentro. En él hay un escucharse y comprenderse profundo, un contenerse y anticiparse, un mirarse y perderse en esa mirada.

“Yo me tomé el trabajo de comprenderlos y de tenerles lástima pero ellos nunca se tomaron el trabajo de saber cómo me sentía yo”. El encuentro no es un derecho, es una tarea.

La personalidad de cada cual repercute en el tipo de vínculo. Quien percibe el mundo como una amenaza, que descalifica y desprecia constantemente, experimenta una profunda soledad y busca en cualquier situación validar ese desprecio. Cualquier falla del otro, un olvido, una demora o una cancelación, no es considerada como un rasgo de humanidad del otro sino como otra manifestación de ese mundo que le da la espalda.

Pedir y exigir son dos cosas muy diferentes. La diferencia se detecta porque en los pedidos, si no se dan, lo que aparece es tristeza, mientras que cuando no se da la exigencia, lo que aparece es el enojo, el cual confirma que lo que la persona cree que le corresponde en verdad no le corresponde.

Hay quienes consideran la generosidad del otro como un derecho adquirido, y se enojan si esa persona no es generosa con ellos.

El único derecho sobre otro es a tomar distancia. Hacer un favor o dar un consejo a quien no lo pide, por bueno que sea, es un error. La falta de preparación para recibirlo, por la falta de timing, provoca que el receptor del favor se sienta invadido y violentado.

Lo que es considerado bueno para alguien no tiene porqué ser lo que el otro considera bueno para sí.

Cuando alguien recibe un favor que no pidió, aunque sea de su provecho, tiende a negar haberlo recibido. Inclusive si lo pide también olvidará que lo pidió. El ayudado, al evidenciar su necesidad por recibir la ayuda se siente descalificado. En el favor queda en evidencia que uno puede y el otro no puede y eso genera resentimiento en el ayudado. La humillación supuesta por la vulnerabilidad plasmada en la necesidad de ayuda y la recepción del favor, matizan la relación. Quien hace un favor espera gratitud pero suele recibir resentimiento, por las implicancias psicológicas que hay detrás de un favor.

Las decisiones tomadas para proteger a alguien también pueden generar humillación y reacciones agresivas. Es frustrante la falta de gratitud de la persona a quien se le dio un consejo o se le hizo un favor. Sin embargo, al hacer un favor, dar un consejo o dar un préstamo, no se debe tener ninguna expectativa de devolución o agradecimiento.

Los favores no se pagan con otros favores, apelar a la extorsión afectiva, esperando retribuciones o pretendiendo cobrar favores es un error porque por naturaleza fueron gratuitos.

La mente tiene el siguiente funcionamiento, al recibir algo gratuitamente, lo capta como un derecho adquirido. Para la mente la gratuidad no existe, y al recibir dice: “¿Correspondía este favor que me hicieron? Si correspondía, entonces está bien que me lo hayan hecho, y si no correspondía, no debió habérseme realizado”. Pero, como sí se hizo, piensa que correspondía. Y sigue “¿Por qué debería estar agradecido si correspondía?”.

En el préstamo es más cruel: “¿Por qué debería devolverlo?”. Los préstamos deben instrumentar la constancia de que no es un regalo, ya que en breve la mente lo considerará así.

Los consejos, los préstamos y los favores se hacen bajo la expectativa de hacer un bien, pero, puede construir la percepción de incapacidad en quien los recibe. Los que se acostumbran a esta posición pasiva se convierten en adictos a la protección, que derivará en más pedidos y resentimiento hacia el supuesto benefactor. La ayuda que recibe el impotente genera resentimiento al remarcarle su impotencia. No se puede alegar ingratitud frente a la torpe generosidad, ésta es una virtud muy valiosa, en su correcta medida y si es conciente, y su exageración puede llevar a dañar a los demás.

El vínculo es un medio para agregar valor, no al revés, no es una plataforma para consolidarlo y protegerlo. Valor y vínculo siempre están, pero el 80/20 se puede distribuir de diferente manera. Se puede tener una estrategia de vivir de las migajas de la protección que genera un vínculo, o de una estrategia de agregar valor que brinda estabilidad. En cambio, dar explicaciones, sostener una imagen, expone a que la ciclotimia o que la profundidad de los altibajos de los ciclos sean cada vez mayores.

Crear valor es aprender a hacer las cosas mejor, ver los espacios donde puede agregarse. Nos percibimos valiosos porque podemos aportar valor, no porque le pudimos sacar algo a alguien. La pregunta debe ser “¿podré dar?” en vez de “¿cuánto podré sacar?”

No hay que confundir valores morales con agregar valor. Los primeros, si son auténticos tienen que quedar en la intimidad. La responsabilidad de agregar valor no tiene que ver con ser mejor o peor persona.

Se puede ser un estratega de la coyuntura de las relaciones, de la gestión de la incondicionalidad del vínculo y no del valor, éste se basa por un lado en la confianza y en el aporte de valor dado por la lucidez, pero la confianza es la que garantiza la oportunidad de demostrar el aporte de valor.

El vínculo de valor experimenta genuinamente el interés de que al otro le vaya bien tanto o más de que le vaya bien a uno. Es el convencimiento de que solo le va a ir bien a uno si le va bien al otro, es purificar el interés, querer cosas buenas.

A su vez, es recomendable hacerle ver al otro que la predisposición que uno tiene no le da derechos a disponer de uno de manera arbitraria.

Tomamos conciencia de nuestra dependencia de los vínculos o de nuestra confianza en nuestro aporte de valor cuando podemos dejar ir las relaciones que terminan con naturalidad y no quedamos masticando bronca y resentimiento.