ORATORIA

8

Oratoria es la capacidad de satisfacer las expectativas del auditorio, transmitir un mensaje y lograr el efecto deseado. Se alcanza cuando se disfruta del discurso, caso contrario, el orador sólo quiere terminar el discurso pronto para sacárselo de encima.

La comunicación es una unidad de palabras y gestos que muestra el corazón, las verdaderas intenciones, y la confianza de quien se expresa. No hay manera de equivocarse cuando se expresan las convicciones profundas hablando desde el corazón. El discurso escrito puede ser excelente, pero si las palabras no salen del corazón, no llegan a nadie. Es imposible sostener un discurso falso en una entrevista con alguien más o menos preparado.

En el corazón están los sentimientos puros y las grandes contradicciones, que cuando se dicen, atrapan al público porque también las siente. Al no ocultar esa contradicción, la audiencia se siente comprendida y respetada. Esto permite que se comprometa con el discurso del orador.

Pocas cosas generan más respeto, admiración y credibilidad que decir con seguridad “no sé”. El buen orador habla de corazón a corazón.

La espontaneidad, la naturalidad y la determinación del visionario hacen que su discurso sea movilizador por naturaleza. No todo lo espontáneo es genuino. La idea de que lo valioso y auténtico es lo emocional o instintivo, sin planificación, preparación, ni estudio es un error que lleva al fracaso. Según la evolución del orador, su espontaneidad reflejará la impulsividad de un animal o la genialidad de un ser humano. Hablar con el corazón no es decir lo primero que se viene a la mente; es algo que se aprende y se trabaja. La espontaneidad tiene sentido siempre y cuando este comprobado un aprendizaje previo, no habiendo dejado las cosas libradas al azar.

Con disciplina, orden y perseverancia se nota la preparación detallada del discurso, no hay espontaneidad que la supla y después, se le pone el corazón. Luego de mucho trabajo planificado y del desarrollo de la habilidad, se puede confiar en la capacidad oratoria espontánea.

La pereza y el pensamiento mágico llevan a creer que los discursos tienen que surgir por generación espontánea, pero la improvisación se logra gracias a la preparación. Practicar con alguien, hablar frente al espejo, o filmarse ayuda al éxito de la exposición. El arte no está en lo que se dice sino en lo que no se dice, en el silencio.

El corazón se pone en juego en el modo y en el manejo en que se hacen las pausas y silencios en el discurso. La capacidad de hacer silencio, en un encuentro de miradas con el público, sin miedo a que éste piense que no se tiene nada para decir, sino anticipando en esa pausa el gran contenido que viene, genera emoción, expectativa y entusiasmo.

Hay un solo dueño del silencio: el público o el orador. Si el orador se adueña del silencio, puede –entre palabra y palabra– callar y mirar al auditorio dominando la situación y generando la admiración del público. Ahora bien, si el poder del silencio queda en el público, éste resultará enorme, y el orador empequeñecido quedará descalificado.

El orador desesperado por la presión del público no tolera el silencio y usa estrategias contra el pánico a quedarse callado, muletillas como: “este, ehhh, bueno”, etcétera. La desesperación también se ve al subir el tono al final de cada frase con estiramiento en la anteúltima sílaba; da la impresión de que el orador estuviera recitando formalmente los puntos de un check list.

El orador debe mirar a los ojos para dar confianza y fortalecer el vínculo, si no puede hacerlo genera incomodidad y sensación de engaño. Los movimientos deben ser naturales, los brazos no deben estar cruzados, ni adelante, ni atrás. El hombre, a diferencia de la mujer, sí puede estar con una mano en el bolsillo, o pueden estar unidas elegantemente por las yemas de los dedos, o una mano ligeramente por encima de la otra, pero con las manos entrelazadas, o atrás.