ORATORIA

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La oratoria, es la capacidad de satisfacer las expectativas del auditorio, transmitir un mensaje y lograr el efecto deseado. Se alcanza cuando se disfruta del discurso, caso contrario, el orador sólo quiere terminar el discurso pronto para sacárselo de encima.

El orador tiene que construir y sentir el vínculo con el público para tener naturalidad e impacto. Por eso, en un discurso es recomendable aclarar primero de qué hablará y por qué la gente debería escucharlo, es decir, por qué será beneficioso para ellos.

Hablar con el Corazón:

La comunicación es una unidad de palabras y gestos que muestra el corazón, las verdaderas intenciones, y la confianza de quien se expresa. No hay manera de equivocarse cuando se expresan las convicciones profundas hablando desde el corazón. El discurso escrito puede ser excelente, pero si las palabras no salen del corazón, no llegan a nadie. Es imposible sostener un discurso falso en una entrevista con alguien más o menos preparado.

¿Qué pasa con las contradicciones?

En el corazón están los sentimientos puros y las grandes contradicciones, que cuando se dicen, atrapan al público porque también las siente. Al no ocultar esa contradicción, la audiencia se siente comprendida y respetada. Esto permite que se comprometa con el discurso del orador.

Pocas cosas generan más respeto, admiración y credibilidad que decir con seguridad “no sé”. El buen orador habla de corazón a corazón.

¿Es bueno ser espontáneo?

La espontaneidad, la naturalidad y la determinación del visionario hacen que su discurso sea movilizador por naturaleza. Sin embargo, no todo lo espontáneo es genuino. La idea de que lo valioso y auténtico es lo emocional sin planificación ni preparación es un error que lleva al fracaso.

Hablar con el corazón no es decir lo primero que se viene a la mente; es algo que se aprende y se trabaja. La espontaneidad tiene sentido siempre y cuando este comprobado un aprendizaje previo, no habiendo dejado las cosas libradas al azar.

Con disciplina, orden y perseverancia se va realizando la preparación detallada del discurso. No hay espontaneidad que pueda suplir eso. De hecho, una buena improvisación se logra también con mucha práctica. Decirle el discurso a alguien, hablar frente al espejo o filmarse ayuda al éxito de la exposición. Después, se le pone el corazón.

Manejar el Silencio

El arte no está en lo que se dice sino en lo que no se dice, en el silencio. El corazón se pone en juego en el modo y en el manejo en que se hacen las pausas y silencios en el discurso. La capacidad de hacer silencio, en un encuentro de miradas con el público, sin miedo a que éste piense que no se tiene nada para decir, sino anticipando en esa pausa el gran contenido que viene, genera emoción, expectativa y entusiasmo.

Hay un solo dueño del silencio: el público o el orador. Si el orador se adueña del silencio, puede –entre palabra y palabra– callar y mirar al auditorio dominando la situación y generando la admiración del público. Ahora bien, si el poder del silencio queda en el público, éste resultará enorme, y el orador empequeñecido quedará descalificado.

El orador desesperado por la presión del público no tolera el silencio y usa estrategias contra el pánico a quedarse callado, muletillas como: “este, ehhh, bueno”, etcétera. La desesperación también se ve al subir el tono al final de cada frase con estiramiento en la anteúltima sílaba; da la impresión de que el orador estuviera recitando formalmente los puntos de un check list.

Movimientos corporales:

El orador debe mirar a los ojos para dar confianza y fortalecer el vínculo, si no puede hacerlo, genera incomodidad y sensación de engaño. Los movimientos deben ser naturales, los brazos no deben estar cruzados, ni adelante, ni atrás.