MOTIVACIÓN Y DIVERSIÓN EN EL JUEGO

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La motivación es una experiencia individual del deportista, es una tensión hacia un motivo, una combinación de propósitos y recursos; son las ganas naturales –no creadas – y espontáneas. La motivación no necesita ni implica esfuerzos externos, hay que sacar las barreras que la traban, surge del interior, del impulso, de poner en juego la convicción en las propias capacidades (que es la confianza) y orientarlas hacia un fin (que es la visión). “Donde se pone el ojo, se ponen las ganas”.

Es el estado en que el deportista se siente ligado a entrenar; encontrar ese tipo de motivación es el desafío más importante. No hay energía, esfuerzo ni compromiso que puedan reemplazarla. Aparece como una adicción al objetivo y una experiencia carnal ineludible, conocida popularmente con el nombre de “pasión”. Está ligada a la tranquilidad y alegría, mientras que la ansiedad, propia de los altos niveles de exigencia, se vincula con la preocupación y la seriedad. Bajo el nombre de responsabilidad ocultan los diferentes niveles de desesperación por perder.

El saber que nunca va a llegar no significa que el deportista no vaya a arribar a ningún lugar, sino que lo pone en contacto con una verdadera motivación: saber que está llegando todo el tiempo. Ésta no puede medirse en el mismo continuo que los demás factores intervinientes en el deporte; se rige por una regla distintiva: muchas veces los factores adversos incrementan la motivación, y la falta de los mismos la apaciguan.

La bronca hacia el adversario, así como la generada por una injusticia o por una clara situación de desventaja, puede generar un plus de motivación producido por una reacción emocional que muchas veces se vincula con un abandono del miedo a perder, gracias a la existencia de una razón que justificaría la desventaja. En estadios no muy evolucionados de la confianza se puede apelar a estos factores, pero en los más avanzados la motivación se genera de otro modo.

Nada motiva más que opinar o tener la razón; por ello, fomentar la participación de todos y escuchar sus opiniones y puntos de vista es fundamental para la motivación del deportista, el simple hecho de haber sido escuchado es importante para él y lo deja conforme y satisfecho.

Ningún tipo de conducta violenta debe ser usada como estrategia de motivación, ni para buscar un plus de energía; cada manifestación de impotencia del entrenador o del deportista es un microinfarto de la confianza, por más disfrazado de determinación que este. El entrenador debe ser cuidadoso porque la confianza de los jugadores no depende de la suya, cada uno debe confiar en sí mismo para que el equipo funcione como un sistema.

Los deportistas maduros se sienten protagonistas de la motivación del entrenador –que va a redundar en su propia motivación– se ponen en manos de él, buscan mejorar lo que éste dice, sin hacer preguntas, y dándole la mayor cantidad de información, lo convierten en un buen entrenador.

El jugador rinde más si se le da la libertad y posibilidad de jugar en la posición que prefiera; es un reconocimiento a sus intereses y expectativas que le da un plus de motivación difícil de superar. Esto no va en contra de la autoridad del entrenador sino que juega a favor de su grandeza y su capacidad para entender los sistemas motivacionales de sus jugadores; “cuando alguien le diga algo bonito, déjelo hablar”.

Si el equipo funciona como una masa que no da espacio a las individualidades, el rendimiento baja porque el miedo se apodera de él y produce una reacción en cadena. Más allá del equipo, si cada jugador juega su propio partido, suma, ya que el grupo motiva en la medida en que reconoce la individualidad de cada jugador, que no se diluye en el equipo. Todo lo que se haga por resaltar la singularidad del jugador potencia su evolución.

Que el jugador tenga su nombre visible en la camiseta es un potente generador de esa individualidad y debe ser el que más identifique al jugador, si es su apodo, mejor.

En los equipos de niños, la responsabilidad de la motivación de los jugadores está centrada en el entrenador y en los padres; pero en los equipos de jugadores adultos, mayores de 16 años, ellos mismos también son responsables de motivar al entrenador y generar ese ida y vuelta de motivación con él.

La motivación es una suerte de excitación, y se encuentra entre un techo de angustia y frustración, y un piso de aburrimiento.

Los ganadores no compiten: juegan. Hay una edad a partir de la cual el niño deja de jugar para empezar a competir; se violenta su inocencia y en lugar de usar la actividad para divertirse la utiliza para ganar. Se termina la naturalidad, la espontaneidad y la diversión para que aparezca el miedo a perder que condena cualquier actividad lúdica. Una vez que la mente empezó a considerar el juego de ese modo, la prioridad pasa a ser las “ganas de ganar”, aunque el verdadero nombre es la “exigencia de no perder”.

La psicología del deporte busca conseguir que la mente vuelva de cierta manera al primer estadio, donde las ganas de jugar –conocidas con el nombre de motivación– antecedan a las exigencias de competir. No se puede volver el tiempo atrás, razón por la cual el adulto convive con ambas experiencias: la motivación y la exigencia; ambas funcionan como un velero, donde la primera es la vela y la segunda, el timón. Siempre que la vela de la motivación sea más grande y vaya adelante del timón, el velero mental va a andar muy bien, pero en el instante en que la exigencia supera a la motivación, el velero se clava, da media vuelta y se hunde en el mar de la frustración.

El deportista y el entrenador deben registrar los niveles de exigencia y motivación; una cosa es cómo se usa una palabra y otra es el significado psicológico que tiene en la experiencia. Hay jugadores que utilizan la competencia como una excusa para jugar y otros que usan el juego como una excusa para competir. Los deportistas de alto rendimiento, más allá de los altos niveles de competencia, conciente o inconcientemente siguen jugando, pueden tomar contacto con su impulso y con sus capacidades, mientras disfrutan intensamente del encuentro.

La diversión tiene que estar antes de jugar bien y antes que competir y ganar. Es necesario que el deportista salga del esquema serio, competitivo y dramático de juego, que tantas exigencias y frustraciones trae. La charla irónica y chistosa entre compañeros puede ser liberadora pero también puede lastimar en algunas situaciones. La burla, el chiste y la risa son condiciones necesarias para empezar a pensar en crear el juego; después de ahí, tal vez, se puede empezar a pensar en competir y en ganar.

Jugar es una experiencia y ganar es un dato. El boxeador Sergio Víctor Palma, al alcanzar el título mundial, dijo: “Después de ganar esa pelea me di cuenta de que no había servido para nada; me tenía que ir a bañar, a cambiarme y al día siguiente seguir”. La importancia de los resultados radica en el aprendizaje.

Más allá de su nombre, el juego (la competencia, el partido) siempre es un tiempo sagrado del jugador, es una experiencia intensa, es su momento; allí las cosas pueden salir bien o mal, pero no deja de ser su momento.

El día de la competencia se pone a prueba el sistema mental del deportista. Si está centrado en la exigencia del resultado, la prioridad va a ser la mirada de los otros y la presión de la expectativa ajena lo tensará. Sin embargo, si está centrado en el juego, se basará en la emoción de la experiencia de ese momento único que le es propio. El disfrute relajado de ese momento hará que la mirada de los demás sólo confirme que es el protagonista estelar.

Jugar es la prioridad, ganar es una consecuencia; si la prioridad es ganar el rendimiento cae, porque al deportista se le va la vida en cada tanto a favor y se desploma en cada tanto en contra. Al estar centrado en el resultado se quiere sacar el partido de encima, quiere que termine porque no soporta la tensión, la angustia por el resultado. Cuando la prioridad es el juego, el rendimiento alcanza el nivel máximo.

Un ejemplo de evidencia visible de las prioridades del deportista es la reacción posterior al golpe en el tenis. Inmediatamente después del impacto el tenista tiene una reacción: si ve dónde fue la pelota, demuestra que está centrado en el resultado; en cambio, si su primer movimiento es desplazarse hacia el centro de la cancha para recibir el nuevo golpe con independencia de si la anterior pelota devuelta fue buena o mala, ese tenista está en contacto pleno con su juego.

En cualquier encuentro deportivo hay que relajarse y disfrutar porque todo pasa muy rapido y siempre puede ser la ultima oportunidad de jugar un encuentro como en el que se está.

Es común pensar que el alto rendimiento es una cosa seria y no tiene nada que ver con la diversión, de hecho muchos entrenadores y deportistas tildan a la diversión como irresponsable. Pero vincular la seriedad y la preocupación con la concentración es un error, la diversión es una herramienta de conexión con el impulso, que no deja de ser el verdadero protagonista.

El círculo virtuoso entre disfrute y entusiasmo se construye tratando de hacer todos los momentos lo más divertidos posibles. Divertirse es parte del disfrute y es importante recrearse en todo lo relacionado con la actividad, entre los jugadores, los entrenadores, en los entrenamientos, etcétera.

Competir es en sí mismo un modo de divertirse, no obstante, para poder disfrutarlo hay que empezar por el modo actual en que el deportista se divierte, y desde allí llevarlo a modos más evolucionados de recrearse. Los niveles de entrenamiento requeridos y la confianza se consiguen si el jugador disfruta y se divierte; es imposible sostener altos ritmos de entrenamiento bajo un sistema de exigencia tensa y aburrida.

Es preciso desarrollar un sistema donde el deportista se vea obligado a superarse, que involucre a todo el conjunto, de modo tal que cuando alguien deje de esforzarse al límite, se evidencie su perjuicio a todo el resto.

El disfrute del juego se refleja en cada movimiento, en el control de la situación y en la experiencia de poder; se disfruta la adrenalina, la intensidad del juego. No hay algo peor que tener enfrente a un jugador o un equipo que se está divirtiendo, porque al disfrutar el juego aparecen las ganas de que el partido no termine, de que dure para siempre; pedir la pelota o no querer que el tiempo de juego se acabe es propio de este estado. Se demuestra que lo importante es tratar de jugar, sin la desesperación de querer ganar, que sólo acarrea errores.

El que disfruta del juego no festeja de manera desmedida cuando hace un tanto ni se deprime cuando pierde, porque es el disfrute lo que le da satisfacción y estabilidad. En esos casos, el jugador disfruta cada uno de los pasos, los entrenamientos, los juegos, cada momento en el que se fue superando; no se disfruta sólo al momento de ganar, sino que el disfrute se va dando en cuotas, de manera tal que no se espera recibir toda la satisfacción como producto de un triunfo.

El nivel de conexión con la actividad y el disfrute de la acción se reflejan en un nivel de ensimismamiento tal, que el deportista entra en una dimensión mágica, ingresa en un estado de éxtasis donde todas sus potencias se agudizan y sus recursos se alinean. Ese mundo mágico se puede recrear concientemente antes de la competencia, llevando la imaginación al lugar encantado que con más facilidad pueda acceder.

El aspecto mental influye directamente en el rendimiento físico; si el deportista se encuentra alineado mentalmente, su productividad física será superior a la de otro, con el mismo estado físico, que no encuentra el mismo estado mental. Existen situaciones en las que los entrenadores o preparadores físicos observan jugadores cuyo rendimiento físico no se desarrolla al máximo, y para lograrlo exigen más trabajo y entrenamiento corporal. Es necesario comprender que en muchos casos se debe apuntar al estado mental para trabajar con él.

El trabajo psicológico está orientado a llevar al jugador y deportista de alto rendimiento a un estado de flow, que pone en el centro lo que uno es, no lo que debería ser. Se describe como aquel estado donde el tiempo vuela y pasa sin darse cuenta, la actividad fluye por la conexión natural entre los aspectos físicos y mentales que disparan el proceso motivacional, y el estado personal de diversión y relajación pura. Desaparecen las tensiones y preocupaciones. Se trata de un estado de completa concentración en una actividad destinada a su propio placer y disfrute; tanto las acciones como los pensamientos se suceden sin pausa, la actividad envuelve a todo el ser y las destrezas y habilidades se llevan al extremo.

Las exigencias suelen obstaculizar el estado de flow, que cuando se logra se traduce en una completa sinergia y armonía entre la motivación, lo que se siente, lo que se hace y cómo se hace. El estado de flow resulta en un estado de máxima satisfacción, creatividad y productividad.

El disfrute puede ser planificado; no es sólo algo que pasa y tiene que quedar librado al azar. El estado de jolgorio del deportista puede ser indicador de un buen nivel de confianza; pretender disciplinar a los jugadores eliminando su entusiasmo es propio de entrenadores sin confianza.

La diversión en el deporte puede ser un arma de doble filo si no está correctamente instalada. A diferencia de un cumpleaños, donde uno no sabe lo que va a pasar, cuáles serán los chistes que lo van a divertir, en el juego, si bien también hay mucha novedad, el disfrute pasa por poder implementar lo que se planificó, no sólo por la novedad. Es decir que es una diversión más controlada.