A la motivación la experimentamos como una emoción y como toda emoción no se discute: se siente o no se siente. Sin embargo, la percepción de la motivación puede volverse confusa. Podemos empezar a dudar sobre qué es lo que nos gusta; racionalizamos la emoción y nos enredamos, queremos pensar lo que debemos sentir y de repente, ¡no sabemos qué es lo que nos interesa o lo que nos motiva!

Es aconsejable que primero ordenemos algunas ideas, así dejamos de pensar tanto y empezamos a sentir y a identificar lo que nos gusta más con el corazón que con la mente.

Para esto, tengamos en cuenta que la motivación es un continuo, que va desde la máxima alegría, inspiración e iniciativa, en los niveles de máxima conexión con nuestras emociones y capacidades, hasta la máxima tristeza, angustia y parálisis propio de los estados de ausencia total de motivación, que es lo que comúnmente se conoce como depresión. En esta zona, la mente está en un embrollo que no puede resolver: no encuentra ninguna respuesta, no puede sentir nada que no sea angustia, no ve ningún horizonte de posibilidades.

Según mi experiencia, el eje de la motivación tiene cinco componentes fundamentales:

  • el más necesario es la capacidad de asumir la responsabilidad sobre la propia vida
  • el más profundo es la posibilidad de alcanzar la experiencia de gratitud
  • el más dinámico es la perpectiva de auto-superación
  • el más intenso es la capacidad de comunicación
  • y el más trascendente, es la experiencia de un “otro”

Valga una pequeña reflexión sobre la primera: la conciencia de responsabilidad. No es ni más ni menos que asumir que la felicidad depende de uno mismo, que habita en la propia intimidad, no se la puede delegar. Esperar a que algo o alguien distinto de uno sea quien trae, o desentenderse de esa responsabilidad es el error mas fácil de cometer. No significa que debamos vivir encerrados en nosotros mismos; la trascendencia, la apertura al otro es fundamental, pero la experiencia de felicidad es íntima, y en algún lugar, solitaria. Si no tenemos en cuenta ésto corremos el riesgo de volvernos especialistas en buscar la motivación donde no está, y en enojarnos con aquello o aquellos que no nos las traen.

Esta responsabilidad de la propia motivación se refleja en el modo en que encaramos las responsabilidades del día a día. No son los grandes objetivos o logros de donde surge la más sana motivación. La base se encuentra cuando estamos conectados con las actividades simples de la vida cotidiana, que le dan un sentido a nuestra vida. Aquellas que,  por estar tan cerca de nosotros, solemos olvidar.

No encontrar gusto e interés en las responsabilidades corrientes que nos hacen sentir orgullosos de nosotros mismos, transforma cada día en un esfuerzo tedioso  sin sentido. Ahí empieza la desesperada búsqueda de motivación en aquello que da placer, que no funciona y desmotiva aún más.

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