¿Estás listo o te falta preparación?

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“Es que yo no estoy preparado”
“Es que no estudié”
“Me falta el título, el doctorado, el curso especializado”

Muchas veces no nos sentimos dignos de dar un servicio profesional porque creemos que no tenemos la preparación académica que consideramos suficiente para poder ofrecerlo. Esta postura, la mayoría de las veces, es muy limitante, impide que despleguemos nuestro verdadero potencial, y daña nuestra confianza.

Pero, al final del día, lo único que verdaderamente ofrecemos nosotros y que puede marcar una diferencia, distinguirnos del resto y aportar al rendimiento de nuestro cliente, es nuestro sentido común. Hablamos de esa perspectiva única que tenemos frente al problema que nos traen.

Es la calidad de esa mirada, basada en el sentido común y construida por todo tipo de experiencias e informaciones previas lo que va a determinar el impacto de nuestro servicio.

Ese sentido común está formado por un montón de cosas: experiencias académicas y no académicas, casos de éxito y de fracaso, que fueron armando un criterio que derivó en un sentido común. Todo eso fue armando la retina a través de la cual vemos el problema.  Limitar esa construcción compleja a una formación académica es reducirnos como personas y como profesionales.

El problema habitual es que la palabra sentido común puede sonar vaga, vacía, poco seria. Generalmente, cuando uno va a ver a un profesional, lo que espera, justamente, es una respuesta “profesional” y no de sentido común. El que sabe, creemos, está respaldado por una formación específica. Pero la verdad es que, un título sin una mirada criteriosa, no sirve de mucho.

No sentirnos preparados también tiene que ver con cargarnos la presión de tener que dar respuestas absolutas al problema del otro. El objetivo de la perspectiva única de la que estamos hablando es ofrecer una aproximación al problema, sumar algo que ayude a encontrar la respuesta más útil a un conflicto.

No se trata de saber o no saber, de ofrecer una resolución absoluta, de pensar que las únicas alternativas son resolverlo o no lo resolverlo. Si pensamos de esa manera tajante, creyendo que tenemos que dar una respuesta inequívoca, ahí sí uno empieza a sentir miedo y se preocupa de si está realmente preparado o no para encarar el tema. En realidad, uno está “algo” preparado para sumar “algo” al problema del otro. Si pensamos en una luz, nosotros funcionamos como un dimmer que busca iluminar el problema de manera gradual, no somos un botón de prendido/apagado.

Lo que el otro busca, en definitiva, es que lo ayudemos a resolver un problema. Y la mejor herramienta con la que contamos es nuestro sentido común.

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