LA VISIÓN EN EL DEPORTE

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La visión es la imagen que se tiene del futuro y se forma a partir de la confianza. Un sueño es un simple deseo, en cambio, una visión es una percepción anticipada del futuro; se diferencia de la meta o del objetivo en tanto que éstos son un anhelo, mientras que la visión es una creencia, una convicción de que inevitablemente algo va a pasar en el futuro. La nota central de la visión es la inevitabilidad, mueve la lucidez de la mente y la acción del cuerpo.

Los deportistas con visión no dejan de entrenar, de intentarlo mil veces hasta conseguir lo que ya vieron; la convicción que da la visión, de que la acción va a ser ejecutada en su máximo nivel, genera una motivación espontánea llena de energía que no exige ningún tipo de esfuerzo. Si el deportista tiene una visión clara, las ganas de entrenar y jugar surgen de manera natural.

El punto para entrar en acción se da al anticipar con éxito una imagen, esto incluye el disfrute del juego imaginado; la mayor frustración se da al entrar en acción sin ver un futuro o viendo uno negativo. Si el deportista está totalmente convencido de que va a fracasar, lo peor que pueden hacer los entrenadores es insistirle que se esfuerce y se comprometa.

Por un lado, existe una acción concreta, real, es decir: la calidad y los movimientos propios de una buena ejecución; y por otro lado, hay un registro mental de cómo fue imaginada previamente esa acción. Darle más importancia a la imaginación de la ejecución por sobre el resultado concreto genera en el mediano plazo excelentes resultados reales. Esto se da, por ejemplo, en el jugador de golf que impacta y se queda mirando para abajo, en el tenista que antes de saber adónde fue su tiro ya está corriendo para ubicarse bien adentro de la cancha, en el patinador que después de un salto abre los brazos como lo haría durante un final excelente aunque esté despatarrado en el piso, se mueven según lo imaginado.

Hay un desfasaje entre el convencimiento de que va a entrar la pelota y las estadísticas de las pelotas que entraron; si de cada cinco entraron dos, lo más probable es que la pelota no entre. Ahora bien, la mente puede crear, al principio, una irrealidad donde asuma que más allá de lo que diga la estadística, se golpeará la pelota con el convencimiento de que va a entrar, como si la estadística fuera al revés: con pocas probabilidades de que no entre. Después de esto, la cabeza del deportista entra en un estado tal que hasta las estadísticas quedan a su favor; cuando él pega, la pelota suele entrar. Pero al principio hay que creer en una irrealidad.

Si lo único que el jugador imagina son los modos de afrontar el próximo error asumido como inminente, es muy probable que en el mediano plazo todo sea un error continuo. Si cada vez que el piloto de un avión cuando va a aterrizar le pide a la torre de control que llene la pista de ambulancias y bomberos, tarde o temprano va a estrellar el avión en la pista, a modo de profecía autocumplida. El jugador debe centrarse en el mediano plazo, pero en aquello que sí puede afrontar, porque si enfrenta un saque, un giro, o un penal, pensando en las posibilidades de error, éstas aumentan enormemente.

En la realidad se debe correr el riesgo de fallar, pero en la imaginación todo tiene que ser perfecto.

Para predisponer la mente hacia el paradigma de lo imaginario, es muy útil que el deportista sonría mientras ejecuta la acción. Al principio no tiene que ser una sonrisa natural, sino que puede perfectamente ser una sonrisa forzada que terminará en una sonrisa natural.