Tendemos a creer que el extrovertido, el conversador, el halagador, el que hace sentir bien a todo el mundo, es empático, pero puede no serlo. Los buenos modos no garantizan relaciones donde todos se beneficien, la empatía sí. Pero es muy fácil confundir los dos conceptos, y es ahí adonde vienen los problemas.

El buen modo del carismático puede estar desconectado con lo que el otro piensa, siente o necesita, de sus expectativas, de sus miedos o de cualquier otro tipo de emoción.

Entonces el buen modo se usa para imponer el criterio propio; y eso puede ser muy violento, con una violencia solapada. A veces no es sólo el buen modo, puede ser el hecho de creerse inteligente o bueno, lo que puede llevar a imponer el propio criterio.

No es que haya mala intención, pero el auto convencimiento de lo que está bien para uno, no necesariamente está bien para el otro. En todo caso, habrá que enfrentar el desafío de persuadirlo o convencerlo.

Si bien al principio el dueño de un “buen modo” genera una reacción agradable, con el tiempo, los demás, al no verse registrados, cambian de opinión y toman distancia.

En cambio, alguien puede ser más seco, distante, a veces cortante o tímido, pero percibe al otro, sabe lo que le pasa o siente y, además, se compromete con ese otro respetando su intimidad. En una palabra, es empático.

La empatía es resultadista, se plantea que si el otro no entendió hay algo que está mal. La prioridad está en el respeto al otro y no en tener razón.

El empático sabe darle al otro el espacio para que exprese su deseo escondido. Que no explicite lo que quiere no significa que no quiera nada. Y el silencio del otro no te justifica ni habilita a imponer lo que vos sí podés expresar.

La empatía consigue que el otro diga no lo que no puede decir, eso que quiere y no lo puede poner en palabras, y así llega al corazón del otro. Sólo si el otro se abre, se fue realmente empático.

Pero el problema es que el simpático se cree empático y se frustra porque no tiene impacto. No conecta con el otro y no entiende lo que pasa. Así, la simpatía se vuelve una trampa, porque el hecho de saber emitir, no significa que se sepa recepcionar, escuchar, sentir con el otro.

En cualquier tipo de vínculo, sólo captando y entendiendo las necesidades y expectativas profundas del otro se lo puede satisfacer y dar forma a una relación de valor de largo plazo.

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