El costo más grande que experimentamos es siempre el de cambiar la propia opinión. Se necesita una gran fortaleza para poder abrirnos a considerar el aporte de los demás.

Si miramos hacia atrás, vamos a poder descubrir que en los momentos clave en los que crecimos, tuvimos a alguien que nos ayudó a ver las cosas de una manera diferente. La capacidad de dejarse asesorar por otros promueve la sinergia, que es siempre productiva y enriquecedora. Al recibir un consejo confiamos y somos capaces de construir un vínculo que permite un intercambio valioso de información.

Al aceptar el aporte de un asesor, trascendemos la autosuficiencia y la terquedad, que suelen ser las peores consejeras. Ser capaz de escuchar las sugerencias de un otro no significa obedecer ciegamente lo que ese otro nos dice, sino una invitación a pensar con más asertividad y profundidad.

Esta apertura nos da la oportunidad de considerar, cotejar y evaluar lo que pensamos y abrir el juego para generar un espacio de pensamiento conjunto. Nos ayuda a ver las mejores oportunidades. Al permitirnos escuchar las perspectivas y los aportes de un otro válido, descubrimos que, lejos de ser un costo, es la mejor inversión.

Esta capacidad de dejarse asesorar es el factor común más notable de aquellos que llegan a ser exitosos. Si bien muchas  veces los vemos con un halo de soberbia, atrás de esa aparente pedantería hay  un ser humilde que sabe aprovechar la riqueza del consejo .Esto no significa que hayan dejado ser ellos los que toman las decisiones, pero lo hacen considerando no sólo las variables propias sino también las de sus asesores.

Solemos abrirnos a buscar asesoramiento en los momentos difíciles o de conflicto explícito. Pero es aconsejable dejarse asesorar en los buenos y en los malos momentos: para resolver lo que estamos haciendo mal y también profundizar en lo que estamos haciendo bien.

 

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