LA CONCENTRACIÓN EN EL DEPORTE

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La concentración es la capacidad de centrar la energía en un foco; a mayor cantidad de focos, menor es el nivel de concentración. Para aumentar la concentración hay que eliminar todas las variables que desconcentren, que lleven a otros focos. El miedo a perder, la queja, el reclamo, el enojo, la demanda y la búsqueda de excusas o culpables, son focos que alteran la atención, anuncian las decisiones no tomadas y sólo sirven para justificar la desconcentración.

En los equipos, la concentración es la sumatoria de la que tiene cada deportista; si por cualquier razón –ya sea una pelea, el cuestionamiento de un arbitraje o cualquier otro factor– un jugador se desconcentra, todo el equipo sufre una caída en la concentración. Si además el incidente termina en expulsión, el equipo no sólo se desconcentra sino que queda en inferioridad de condiciones.

Algunos jugadores se mueven en una banda que va desde el enojo hasta la apatía. El enojo, a su vez, se divide en dos: por un lado está la parte violenta, que se manifiesta mediante la queja, la prepotencia y la pérdida del aplomo; por otro lado, está la parte de la frustración, que se traduce en retraimiento. El psicólogo se maneja dentro de ese espectro, y debe trabajar con el enojo, con la apatía o con cualquiera de las emociones intermedias.

Es común confundir el paradigma apasionado, temperamental, sanguíneo y fuera de control como algo valioso, siendo que es el fruto de la desesperación. Jugar peleándose con los propios compañeros, pegándose con los adversarios, descalificando y enojándose con los errores propios y ajenos son vicios y manifestaciones de impotencia que lejos de mostrar hombría, fuerza o coraje, son reacciones que sacan a la luz una versión negadora de uno mismo, una necesidad de descargar bronca y agresión profunda activada por el miedo. Esto se quita con el afianzamiento de la confianza.

Los cuestionamientos al árbitro también son una manifestación de la impotencia. Es sentir que el partido no puede ganarse por la producción propia, sino que depende de lo que el árbitro haga o deje de hacer. Las discusiones suelen empezar afuera de la cancha con los cuestionamientos que el entrenador le hace al árbitro, y después se trasladan adentro. Al escuchar los comentarios del entrenador –a quien los jugadores toman como modelo– el jugador pierde su convicción de que puede ganar por sus propios medios, se llena de inseguridad y se desconcentra.

El deportista que analiza y cuestiona el arbitraje pierde la energía que debería poner en el juego, colocándose en una situación en la que tiene muy poco para ganar y mucho para perder. El árbitro puede llegar a fallar a favor por un comentario, pero este es un beneficio de muy corto plazo. El árbitro registra que su decisión fue producto de la influencia de alguien de fuera y esto le genera una actitud hostil compensatoria inconsciente hacia el equipo que favoreció. Sólo sería viable enojarse si se constatara que el árbitro es imparcial a propósito, que rara vez pasa, aunque la desesperación por el resultado haga que así parezca.

El árbitro, como todos en el partido, hace lo mejor que puede. Si no está haciendo bien lo suyo, también podría ponerse a cuestionar a los jugadores porque no juegan bien y podría, él también, criticar a los entrenadores por no hacer bien su trabajo con el equipo que no juega como debería. Todos en un partido tratan de hacer lo mejor, pero la tendencia a centrarse en los errores del otro demuestra que no se pueden reconocer los propios, que es donde cada uno debería concentrarse. Para cuestionar a otro es necesario primero mirar hacia adentro y ver que todo funciona bien. El cuestionamiento que deriva de la impotencia no tiene fundamento lógico.

El jugador que simula durante el partido malgasta concentración y energías, se pierde en el camino, decide tomar el atajo inseguro. El objetivo es siempre lograr un deportista menos susceptible a los errores propios y de los otros.

Un equipo que evoluciona tiene cada vez menor cantidad de tarjetas por discusiones con el adversario y cuestionamientos al árbitro, y más por juego fuerte. Las tarjetas obtenidas tras una pelea o protestas son de muy baja calidad.

La grandeza del jugador y del entrenador se puede ver cuando no necesitan recurrir a ningún tipo de picardía o deslealtad en el juego. Un jugador que, por ejemplo, reconoce una falta que el árbitro no percibió merece el máximo respeto y admiración, al igual que el entrenador que pide al árbitro anular un gol que considera que fue convertido de manera desleal.

En el caso del fútbol, el fenómeno de violencia es, en definitiva, lo que nos pasa a cada uno de nosotros como sociedad. Se trata de un micro análisis que da cuenta de las variables que se despliegan a nivel social y permite ver el trasfondo de nuestra realidad socio cultural. En este sentido, se trata de un aspecto positivo ya que nos permite diagnosticar qué le sucede a la comunidad como tal, a partir del análisis de pequeños eventos que se dan a nivel del deporte.