Muchas veces creemos que somos autónomos y libres, porque tomamos algunas decisiones, pero en realidad no lo somos. Si no alcanzamos la autonomía económica no dejamos de ser dependientes. En el fondo lo sabemos, y vivimos en un estado de preocupación constante, lo cual es un tanto cruel.

Pensemos un poco en esto. Sin autonomía económica, nuestra libertad está restringida, y esto impacta en nuestra realización personal y en la posibilidad de desarrollarnos con fidelidad a nosotros mismos.

Sólo si creamos un sistema inteligente capaz de generar el dinero que necesitamos de manera sustentable, con cierto nivel de control, podremos desplegar nuestro potencial.

Claro que esto no significa que dejemos de aspirar a tener tanto dinero como queramos. Pero el primer paso es tener el nivel de ingresos mínimos que despeja nuestras preocupaciones cotidianas para que el dinero pase a un segundo plano. De esta manera, dependemos de nosotros mismos, sin ataduras, ni jerarquías esclavizantes, ni un reloj que limite nuestra individualidad.

También puede suceder que, aunque las necesidades básicas estén cubiertas, el rígido miedo a bajar el estándar económico alcanzado nos presione de manera tal que tampoco tengamos los beneficios de la autonomía económica.

Quedar amarrados al estándar económico, con miedo a perderlo, nos puede presionar y paralizar. Las mentes libres tienen margen de maniobra porque pueden adaptarse a distintas situaciones económicas. El que sabe ser rico y pobre tiene más flexibilidad y menos preocupaciones y esto lo apalanca para generar más riqueza y para mantenerse disfrutando, jugando, dando rienda suelta al propio potencial, a los impulsos más creativos. Es decir, a la propia intuición.

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