Tenías 17, 18 años y hubo un momento en que tuviste que tomar una decisión: qué querías estudiar. Quizás en ese momento te volcaste por determinada carrera por ciertas circunstancias de tu vida. Hoy, tal vez, no sepas bien por qué lo hiciste o incluso no compartas los motivos que en esa etapa te llevaron a esa elección. Puede ser que sí lo recuerdes o lo compartas, pero eso poco importa ahora.

La mayoría de nosotros nos creemos lo que estudiamos, dejamos que eso nos defina, y entonces nos atamos un ancla de por vida. Todo el resto de nuestra existencia adulta y madura está atada a ese momento de decisión que hicimos en la muchas veces tumultuosa época adolescente Para pensar: ¿Tomamos tantos riesgos como antes?

La cabeza tiene que evolucionar, pero si continuamente volvemos a ese título como si fuera un documento nacional de identidad, anclamos el barco y nos quedamos en alta mar sin la posibilidad de llegar a nuevos puertos. Podemos volvernos dependientes o ser libres.

Pareciera que todo el tiempo le tenemos que estar rindiendo cuentas a esos cuatro años de nuestra vida.

En el fondo, no vemos que la carrera es simplemente un bachillerato más que abre nuestra cabeza y nuestras oportunidades. Un viento inicial que movió el barco y desplegó las velas. En el transcurso de la navegación habrá otros vientos, y el desafío es poder reajustar las velas para encaminar la embarcación hacia donde queramos, sin restricciones. Pensar que no podemos hacer algo porque no está respaldado por un título es muy limitante. Es la muerte de la motivación.

Si no lo vemos así, en vez de potenciarnos, nuestra carrera nos restringe.

No somos lo que estudiamos. Lo que estudiamos es una de las oportunidades (tal vez la menos relevante) de nuestra experiencia.

Rafael Beltrán

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