La dinámica entre socios se parece mucho a las relaciones fuera del trabajo: hay emociones, compromisos, roles, expectativas y la posibilidad de enfrentar una separación.

Los vínculos societarios son únicos pero se pueden dividir en dos grandes categorías: flexibles y dinámicos o rígidos y estructurados. Los primeros se parecen más a un noviazgo, en donde el vínculo está sostenido por el cuidado mutuo y la proyección futura. Los segundos tienen más la dinámica de un matrimonio en donde cada uno asumió un compromiso y tiene el derecho de obligar y exigir al otro.

Está claro que para sacar lo mejor de la sociedad el modelo aconsejable es el primero. Es un vínculo estable en donde cada uno aporta su valor. Hay confianza y mayor posibilidad de construir una relación sustentable. Implica mayor libertad porque el vínculo no se vive como obligación. Cada uno puede decidir, cuando lo considera necesario, seguir su propio camino.

Ahora, si el socio deja de pensar en las expectativas del otro y de colaborar para satisfacerlas, la sociedad empezará a dar señales de que llega a su fin. El primer indicador es la caída del rendimiento del negocio.

Las relaciones pueden dañarse y, como pasa en la vida afuera del trabajo, es bueno que busquemos ayuda.

Hay un punto en la relación societaria en donde el cansancio y los intentos para que la relación funcione encuentran un punto de no retorno. Lo que empezó a sentirse como diferencias o incompatibilidades empieza a transformarse en odio. Puede sonar duro, pero lo vi muchas veces en mi trabajo.

Es una pena llegar a este punto por no haber pedido ayuda profesional para trazar un puente en las diferencias y retomar el entusiasmo inicial de la relación. Pero para esa altura ya será tarde. Con la misma incapacidad con la que se llegó a esta situación el socio puede querer separarse y, seguramente, será un corte cruel y costoso, tanto por el daño que experimentará el negocio como por los honorarios de los abogados.

En ese momento, más que nunca, se necesita asistencia profesional para transitar esta etapa difícil de la manera más natural posible y con un nivel de comunicación que contenga el costo y el dolor de la ruptura. Algo que cuesta aceptar.

Como en la mayoría de las relaciones de pareja, separarse es un fenómeno natural pero no para el que selló un vínculo que creía que era para siempre. Por eso, el primer paso es consensuar la idea de que la sociedad es un noviazgo y no un matrimonio. La emoción fundamental a procesar es el abandono y la traición. Aprender a lidiar con la sensación de haber sido mentido, robado, estafado, engañado y tomado por tonto. Y, sobre todo, desvalorizado.

Acá el profesional tiene que traer tanta claridad como contención para conseguir que la separación sea lo más racional y armoniosa posible.

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