El liderazgo en padres y docentes

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Cuando pensamos en el liderazgo, generalmente lo relacionamos con equipos deportivos o de trabajo. Sin embargo, está presente en nuestra casa y en las escuelas mucho más de lo que creemos. De hecho, tiene una gran influencia en las relaciones entre padres, hijos, maestros y alumnos.

Hoy en día, ya no hablamos tanto de autoridad porque las pautas de enseñanza han cambiado. Antes se obedecía y respetaba a los adultos sin cuestionarse. Hoy los chicos quieren entender y estar de acuerdo con lo que se les pide. Acatan solo si ven que lo que tienen que hacer tiene coherencia y sentido para ellos.

Por eso necesitan que el adulto actúe como un líder. Es crucial que sepan cómo transmitir los aprendizajes y los límites para que los chicos puedan entenderlos. Eso no implica un cambio en la distancia con el hijo o alumno, sino que los gritos, castigos, los “porque si” y el “porque soy tu padre o maestro” dejan de tener efecto porque quedan fuera de lógica del liderazgo. 

Esto obliga a repensar la puesta de límites

Si digo que “los chicos necesitan límites”, ¿qué estoy queriendo decir? Desde la nueva visión, los límites son cruciales para moldear la personalidad de los chicos. Son acciones que los padres o docentes hacen o dejan de hacer para orientar las conductas. Por eso, deben ser claros y consistentes, para que el niño aprenda a pensar qué es lo que le conviene. 

 En el desarrollo, los límites deben ser introducidos para demarcar “el todo”, necesitan acotar y ordenar su vida dentro de lo que es posible hacer y lo que no, y en estas líneas, desarrollar su potencial.

Fijar un límite, es también dar la libertad de moverse dentro de esos bordes, dar un marco de referencia para poder guiarse. Los chicos buscan esos límites pero al mismo tiempo los desafían. Prueban constantemente a los adultos para ver hasta dónde puede llegar. Cuando descubren ese marco se tranquilizan porque ven que su personalidad tiene una forma. Si no lo encuentran se desesperan, se confunden y entran en la incertidumbre. Además, frente a la inconsistencia de los padres o docentes, es probable que aparezcan los malos comportamientos. Entonces, el desafío del adulto es proporcionar límites seguros y claros para que los chicos aprender a vivir en sociedad.

¿Cómo consolidamos ese liderazgo?         

Primero que nada, combinando afecto, educación, inteligencia y sobre todo sentido común. Éste último, es la mejor forma de darse cuenta qué es preferible hacer en cada momento particular. Porque ser un líder que pone límites no es tarea fácil y todos sabemos muy bien que se necesita de mucha paciencia y perseverancia.

Lo más difícil de todo, es aprender a controlarse a sí mismo. Imponer la autoridad con gritos y enojos, solo demuestra la falta de racionalidad. Cuando el hijo o alumno ve que el adulto se enoja, grita o da sermones, se da cuenta de que no sabe muy bien cómo manejar la situación y ahí es donde encuentra la inconsistencia. Además, hay que tener en cuenta que el castigo es solo un atajo para quien no está dispuesto a explicar lo que está diciendo. Y si solo se castiga sin premiar, se está enseñando que la única forma de sobresalir, es desobedeciendo

Los chicos necesitan a alguien que sin ser rígido, sea consistente y coherente. Si no encuentran a nadie que les haga de freno, seguramente se sentirán muy perdidos. 

Por eso, un líder dentro de la familia o la escuela, es firme, pero comprensivo a la vez. Tiene objetivos claros en cosas concretas. Valora siempre los intentos y da tiempo al aprendizaje. Sobre todo, siempre teniendo en cuenta que los efectos de lo enseñado se verán en un futuro y no en la inmediatez.

Educar es como sostener un jabón en la mano. Apretarlo mucho genera que salga disparado, pero si lo tenés con indecisión se te escurre entre los dedos. Solo una presión suave y consistente a la vez lo mantiene sujeto.

Rafael Beltrán

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