EL EMPRENDEDOR

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Ser emprendedor es una moda, es tener ganas y darse la oportunidad de ser empresario más que de desarrollar empresas, es tener la fantasía de ser “el único” a la hora de imaginar e intentar implementar su negocio. Pero sólo pretender ser “el único” no es sustentable; se puede competir por ser el primero, el mejor, el más fuerte, o el más grande, pero no se puede competir con la expectativa de ser eternamente “el único”. Asímismo, cuando se busca solamente una autoimagen de empresario se llega a la frustración; los emprendedores quieren aprender el negocio, y se aprende cuando se hace, no cuando se ve.

El estado mental del emprendedor tiene que ser tal que no tenga retorno; sería algo parecido a jugar a la Play Station, es un imperativo moral, no es algo que “gusta”, es pura excitación, una experiencia muy solitaria, el placer absoluto de la acción, donde lo que se emprende es una excusa. También podríamos compararlo con andar en karting: es la adrenalina y el placer de la acción, el no poder parar; no hay esfuerzo, no hay voluntad. Si el emprendedor no experimenta ese estado mental, no tiene nada; y en ese caso, mejor no emprender, ya que se trata de todo o nada. De otro modo, sería como cuidar al hijo de otro o meterse en un monasterio sin vocación.

El emprendedor busca algo que le de mucha plata. Se guía por la rentabilidad de la transacción, que sólo él ve y conoce, y que es su indicador de que el negocio va bien, independientemente de la estructura, a la cual considera como un mal necesario. En cambio, el resto, desde afuera, se guía por el tamaño de la estructura como indicador de éxito o fracaso.

Empezar por lo más difícil es propio de los emprendedores; tienen una adicción por lo complicado. Sin embargo, empezar por lo que más cuesta lleva al bloqueo, al abandono y a la frustración. Por lo general, el emprendedor quiere ver su negocio funcionando de inmediato, se apoya en conceptos como el de “dejarlo todo” en pos del proyecto, como si esta jugada garantizara el ser un emprendedor y el resultado del emprendimiento.

Muchos se sienten emprendedores pero tienen construcciones teóricas que impiden el desarrollo de sus propios negocios. Creen entender el negocio pero sienten que sin protección no lo pueden lograr. Están seguros, tranquilos y domesticados dentro de los límites que les da la relación de dependencia.

El emprendedor no debe buscar la rentabilidad sino la continuidad de su negocio en el tiempo, que está dada por la satisfacción de su cliente. Muchas instituciones fomentan el espíritu emprendedor a partir de recetas y programas basados en la confección de planes de negocios que generan más ilusiones que visiones, y, por lo tanto, más frustración.

Construir la visión imaginada es diferente de querer demostrar o demostrarse que se pueden alcanzar los “desafíos”. Éstos son internos, mientras que la visión es una obra externa. Lo desafiante es inversamente proporcional a la visión. El desafió tiene la connotación del riesgo a no llegar a concretarse, mientras que la visión se basa en la certeza y la confianza de que se concretará.

El síndrome del emprendedor se caracteriza por la fantasía de la idea, se quiere salvar sólo con tener la idea. Sin embargo, hasta que no se hace la primera transacción todo es un castillo en el aire.

Quien realiza una transacción quiere contársela a todo el mundo, es su “hijo”; le genera una excitación que necesita compartir. Cuando, en cambio, se logra una transacción pero se siente vergüenza de contarla por no disponer de una estructura que la soporte, una empresa, la parte del cuentito, entonces estamos hablando de un emprendedor que no le encontró el valor a la transacción sino a la estructura.

El negocio es un ente intangible de transacciones, y la empresa es una estructura material que la soporta. La transacción tiene que excitar, no así la estructura.

Una idea, cuanto más delirante es, desactiva la culpa o el miedo a fracasar, dado que no hay posibilidades de comparación. Lo que la persona tiene que detectar es si está transaccionando o no. Si lo está, tiene el cómo resuelto, porque el qué es tan intenso que el cómo se resuelve solo; la transacción genera excitación y pide más transacciones. Quien disfruta y busca las transacciones, va como bombero detrás del fuego.

La confrontación entre Estructura y No estructura puede traducirse en: elegir la relación de dependencia versus ser independiente; tener un trabajo que no gusta, esforzarse, o pasarla mal vs. un trabajo que encanta y que se disfruta; ganar algo de plata vs. ganar mucha plata; cumplir un horario –y la culpa que genera– versus “no hay horario”. Preocuparse vs. relajarse; “exigencia” vs. “entender”; cumplir vs. resultados.

Algunos para huir de los jefes se meten en proyectos pseudoindependientes y terminan con jefes mucho más exigentes. La expectativa de prestigio y reconocimiento como móvil para ser un emprendedor no funciona.

El empresario tiene una visión, que puede detectarse por la acción llevada adelante, por su implementación inevitable. Las ideas pueden ser buenas o regulares, pueden quedar en el vacío, pero tienen que hacerse visión; y el éxito está dado por la implementación y su forma de llevar las ideas hechas visión a cabo, lo que hace que pueda constatarse. Esto es así porque la clave del negocio es la ejecución.

La moral del empresario tiene su límite en la ley o en un daño punitivo de ésta, no en una ética que hiera susceptibilidades. Si se cree que ser independiente es quedarse esperando a que un jefe (ahora cliente) le pida un trabajo, se está perdido.

El empresario no está conectado con la idea como el emprendedor, sino que está conectado con una necesidad concreta del mercado que busca satisfacer con una transacción concreta. No se es empresario por la idea, sino por la capacidad de implementación. No basta con ser emprendedor para implementar una idea, aun siendo la mejor. Se necesita ser empresario: una persona que se juega la capacidad de entender realmente el negocio y sabe leer las situaciones concretas. El empresario implementa cualquier idea.

Hay que hacer funcionar una idea; el mero hecho de tenerla no significa que la implementación y los detalles de cómo funcione están incluidas en ella. La idea debe recrearse hasta que funcione, confiando en la estructura de la misma y de otros principios generales que la acompañan.

Es imprescindible que el hombre de negocios no espere respuestas, sino que las construya. Tiene que tener iniciativa, saber construir desde cero y no sentir bronca o resentimiento cuando no llegan las respuestas que esperaba.

El valor de la idea es el refugio ideal para las fantasías de impotencia a nivel de la ejecución. La idea es una nota del negocio y por miedo se la pondera a niveles desproporcionados. El pensamiento mágico lleva a refugiarse en ideas fantásticas cuya excitación no alcanza para convertirse en una pasión sólida que lleve realmente a la ejecución. La sola idea no persevera, persevera el hombre. Si la idea no se hace visión tampoco hay perseverancia.

La fantasía de la idea brillante se da por el miedo a no encontrar la fuerza para implementarla. El pensamiento mágico lleva a pensar que con una idea magistral no hay que hacer ningún esfuerzo. Para ser un auténtico empresario, el emprendedor tiene que tener realmente una visión, con todo lo que eso significa, si no hará todos los esfuerzos en vano.

El especialista detecta si la idea es una fantasía que lleva a la frustración, o si es una visión que se ejecutará inevitablemente. La visión no responde a un sentido mágico; tiene un sentido fino de la realidad. A las oportunidades que va captando las lee en un tiempo interno donde todo se va organizando con arreglo a la visión.

Tener buenas ideas no implica que se confíe en ellas. Confiar en la propia idea no es creer que es buena, sino estar totalmente convencido que se puede concretar, y concretarla.

La confianza tiene que estar a la altura de la calidad de las ideas. La confianza real en las propias ideas es poder concretarlas con independencia de la aprobación o rechazo de los demás.

La idea cumple un rol como inspiradora de la ejecución. Es la pasión por la idea, más que la idea en sí misma, lo que mueve. Es realmente buena si es capaz de impulsar su ejecución y si es capaz de generar el contacto con el propio impulso, esto es, si llega a tener cierto grado de visión. Los empresarios concretan visiones, y aceptan el riesgo y los desafíos siempre y cuando no los puedan evitar, éstos siempre son un medio no un fin. Son concientes del riesgo y lo atenúan contratando seguros, para liberarse del temor que les impide imaginar. El tema de los seguros y el tipo de inversiones tiene que ver con que el empresario no arriesga de gusto. Emprender algo es confiar y evaluar riesgos, los cuales se atenúan con seguros.

Los empresarios quieren entender el negocio y sentir la adrenalina de construirlo, no tanto hacer números de si da o no da, de si es negocio o no. El hombre de negocios busca algo que lo excite de manera tal que no pueda parar de hacerlo, que no pueda parar de trabajar, algo que lo mantenga en un estado de éxtasis y de manera absoluta a esa acción del negocio. No hace intentos; hace realidades, hace empresas. Siempre busca el camino más simple, para ir de menos a más.

La implementación y la lectura de las oportunidades tienen el sello de la gradualidad. Hay que darse el tiempo para entender el negocio, y para aprender de las situaciones concretas. El empresario toma decisiones que si bien parecen osadas responden a la lógica de una visión.

El potencial empresario desarrolla un estilo único con reglas propias y aprovecha las oportunidades sin dejar sus otros ingresos, con los cuales financia su proyecto independiente.

Definitivamente no es lo mismo ser un emprendedor que ser un empresario.