EL CRECIMIENTO DEPORTIVO EN NIÑOS

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En la educación de los hijos suele surgir la pregunta de si el límite tiene que tener un sentido, o si deben obedecer porque sí, por el límite en sí mismo. ¿Está mal que un chico o cualquier persona no deje domesticarse y exija que todo tenga sentido para él? Y si no lo tiene, ¿está mal que se niegue a actuar en consecuencia? ¿Es necesariamente psicopatía?

Los niños tienen la posibilidad de encontrar los límites que, por un lado, buscan y, por el otro, desafían. Al descubrirlos se tranquilizan porque ven que su personalidad tiene una forma; si no los encuentran se desesperan, se confunden y entran en la incertidumbre. En el desarrollo, los límites deben ser introducidos para demarcar “el todo” que involucra la vida. Los niños necesitan acotar y ordenar su vida en los límites de lo posible y en estas líneas desarrollar su potencial. En el caso de los niños deportistas, éstos se desarrollan entre dos variables: la diversión y los límites.

Hay un trecho entre retar o ponerle límites al niño, y darle reconocimiento. En el reto se debe marcar la exigencia mínima, el límite inferior de lo que se espera de él, la exigencia no tiene que ser asfixiante pero si no se le exige nada, el niño se siente perdido porque cree que no es digno, como si de él no se pudiera esperar nada. Si encuentra su límite y experimenta su piso de rendimiento, lo que haga desde ahí en adelante será crecimiento amalgamado en el reconocimiento.

La falta de reconocimiento baja la confianza del niño, pero si los padres o entrenadores lo reconocen en exceso, ya sea por no ponerle límites o no marcarle errores, el niño tiene dos opciones: se persigue pensando que le tienen lástima, y desarrolla un sentimiento de minusvalía; o por el contrario, cree que lo puede todo, y se encontrará con dificultades al ver que su fantasía de “todopoderoso” es insuficiente para enfrentar la realidad.

Los padres que sienten nervios frente a la competencia de sus hijos, depositan sus ilusiones en el rendimiento deportivo de ellos, y generan presiones que dificultarán su desarrollo y evolución. Creen que sus hijos son felices si ganan, no si disfrutan del protagonismo del juego; entonces, los invaden con su propia desconfianza e inseguridad, y marcan patrones que luego serán muy difíciles de desprender en la personalidad de los chicos.

Encontrar la relajación en el deporte es lo que más incrementa las capacidades deportivas, y tratar constantemente de cumplir expectativas ajenas es un gran obstáculo para lograrlo.

El niño sólo es dueño del juego si se divierte, los padres tienen que dejar que el niño haga propio el deporte, la actividad o el juego, y deben detectar si su hijo lo hace para satisfacer las expectativas de ellos o por incentivo propio. El único modo para corroborar si la pasa bien practicando el deporte es dejándolo solo, así se podrá ver si el niño tiene o no tiene iniciativa de practicarlo. Si sólo lo practica cuando los padres se lo proponen, entonces es señal de que no juega por él sino por ellos. En esos casos, no es dueño del deporte y debe replantearse todo el tema. El chico que “engancha” con un deporte, al tiempo de practicarlo se hace dueño de sus premisas fundamentales, se apropia de todo concepto que se desprende de él y lo entiende a la perfección, comparte estos sentimientos –si se trata de un deporte en equipo– y disfruta aprendiendo.

Los padres que tienen expectativas propias plasmadas en los hijos deben comprender que éstas funcionan de manera contraproducente en el desarrollo deportivo de los mismos. Las contradicciones en los padres que “preferirían” que sean buenos en determinados deportes, y que luego aclaran: “Pero está todo bien, que haga lo que él quiera” generan encrucijadas que dejan a los chicos encerrados en la contradicción y la continua falta de satisfacción. Estas contradicciones deben ser desentramadas en la cabeza de los padres para que no tenga consecuencias en los niños. Es necesario poner los sentimientos sobre la mesa para que no hagan estragos de manera solapada.