Aunque muchas veces no nos demos cuenta, confundimos intereses con derechos y eso nos enoja. El 95% de los enojos se generan cuando se cree que algo era un derecho, cuando en realidad era un interés.

Lo que termina pasando en esta confusión es que luchamos por los intereses y negociamos por los derechos, cuando es al revés.

La mayoría de los derechos nos dan un sentido de dignidad, con ellos buscamos hacer un aporte valioso a la sociedad, no se trata simplemente te cumplir con una formalidad. En este sentido, es lógico que exijamos que se cumplan.

En el caso de los intereses, es otra historia. Son posturas individuales que cada uno defiende y puede coincidir o no con los intereses de otro. Los intereses se negocian, no se exigen. En toda negociación, podemos tener distintas posibilidades de conseguir algo, pero, finalmente, conseguimos sólo algunas de ellas. En cambio, un derecho lo exigimos a la otra parte.

Es importante diferenciar un derecho de un interés para actuar con fuerza y ​​exigir nuestros derechos correctamente. La misma distinción aparece entre las acciones de pedir y exigir. Pero debemos tener en cuenta que es un error creer que lo que se puede obtener a través de la negociación representa un derecho, porque no puede convertirse en uno hasta que es realmente adquirido.

Los derechos son defendidos y los intereses son alcanzados mediante la negociación, y esto implica entender que uno está en un proceso de negociación y que necesita optimizar las ventajas y dejar de fantasear con normas rígidas y la rectitud, que sólo limitan la capacidad de negociación.

Si entendemos el juego, podemos relajarnos y desplegar todo un conjunto de variables dinámicas que se despliegan cuando negociamos nuestros intereses: la persuasión, el saber adaptarnos al otro, el estar informados para poder generar un diálogo más estratégico, el carisma, el poder crear y ofrecer las mejores alternativas para conseguir que el diálogo se vuelque en favor de nuestros intereses, entre otras cosas.

Rafael Beltrán

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