¿DEPENDENCIA O INDEPENDENCIA?

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Hay dos paradigmas extremos que describen la evolución en la dimensión laboral: el del hombre de negocios, es decir, ser independiente, y el de la hormiga laboriosa, o sea, estar en relación de dependencia. Son dos modalidades que recuerdan las puertas del cielo y las del infierno. La diferencia en la evolución de los dos paradigmas está en la confianza y en el modo de sobrellevar la frustración al enfrentarse con la realidad.

A la relación de dependencia se entra como por las puertas del infierno, éstas son grandes y cómodas porque cualquiera puede conseguir un trabajo administrativo y monótono. Se vive con un sueldo mínimo, que resuelve o neutraliza el aspecto de ser vago y el de sentir que no se va a morir de hambre, pero no resuelve la sensación de inutilidad, de falta de don y el hecho de sentirse un miserable. Con el tiempo la relación de dependencia puede volverse un lugar insoportable.

Al desarrollo del negocio propio se entra por las puertas del cielo, éstas son estrechas y difíciles; el inicio es más duro pero los que intentan, una vez adentro, y logrando iniciar y sostener su iniciativa, pueden acceder a una vida de negocios intensa, plena y satisfactoria que vive de transacciones.

En un lugar intermedio están los profesionales que, si bien son independientes, al igual que los empresarios, sus ingresos están directamente relacionados con el tiempo que le dedican a su actividad: venden su tiempo.

Las personas trabajan para crecer o para no ser despedidas, una o la otra. Para la mayoría, el motivo de su trabajo y de sus tareas está dado para no ser despedidos.

La hormiga laboriosa dice: “Quiero seguridad, un trabajo que no me angustie. Me conformo con mantener mi nivel de vida. No soy ambicioso, me arreglo con un ingreso que no me demande trabajos extra”. Así le resulta imposible desarrollarse exitosamente en el ámbito laboral, porque su esquema para alcanzar el éxito es el de las primeras etapas de la evolución moral. Su estrategia se apoya en cumplir, en comprometerse, en esforzarse y en merecer la consideración por su buena voluntad y predisposición. Cree que su aporte de valor es la incondicionalidad; se toma el trabajo tan en serio, que cumple y considera que el éxito está dado por la cantidad de esfuerzo que hace y su obediencia a los superiores. Cree también que los trabajos pedidos por un superior son menos críticos que los trabajos por él propuestos. La corporación le hace creer la autonomía que no tiene.

Las expectativas formales como crecer, subir otro escalón en la organización, ser gerente o alcanzar determinado nivel de sueldo no convocan a una reflexión profunda, que se da cuando los objetivos son transformarse a sí mismo en la virtud que falta. Al obtenerla de manera natural, y como una consecuencia, se van a dar esos objetivos formales.

La gran pregunta del ejecutivo o del trabajador en las organizaciones es cómo salir del día a día laboral, donde se autogenera un montón de trabajos de poco valor que podría hacer otro o parte del equipo, y que termina llevando adelante para no hacer las cosas importantes, para mantenerse ocupado, y sentirse consolado y tranquilo porque está haciendo muchas pequeñas cosas bien, sin detenerse a pensar si esas cosas le convienen o no. Ese “hacer las cosas bien” es en realidad para ganar la imagen de otro, uno está ocupado para otro.

La hormiga laboriosa ve al hombre de negocios como irresponsable, chanta, poco serio y vendedor de humo. Al no responder a sus parámetros de “persona buena”, lo considera a priori como abusador, aprovechador y corrupto.

Quienes basan sus actividades en cumplir sus compromisos con esfuerzo, se frustran. La hormiga laboriosa dice: “Me deslomo trabajando y me va mal”. Su impotencia es camuflada por la exigencia de una supuestamente merecida protección. Todo depende de los demás, de la suerte o del destino. Es un espectador pasivo de la vida, de una vida de sufrimiento y lucha constante por buscar en los demás el reconocimiento de una dignidad que no encuentra en su poder. “Siento que no tengo poder, quiero que me lo validen, que me jerarquicen”. Le pueden dar una posición o un aumento de sueldo, pero el único que da el verdadero poder es uno mismo.

El circulo vicioso de frustración de la hormiga laboriosa comienza por percibirse incapaz, lo niega, encuentra un culpable, se resiente, ve que está en problemas, se paraliza, todo se vuelve dramático, busca protección y se vuelve a sentir más incapaz que al inicio.

La hormiga está desdoblada: entre su sometimiento a los pedidos del superior y sus aspiraciones propias. Está exigida constantemente por el vínculo laboral, pero la exige más sostener ese vínculo que lo que realmente produce. La duda y el cuestionamiento constante chocan con su búsqueda de libertad y autonomía, que no alcanza, y termina sometiéndose al superior: ¿Qué debo hacer? ¿Qué tengo que hacer? ¿Cuáles son los parámetros? Queda atrapado en el paradigma que le da seguridad y tiene que reprimir su anhelo de autonomía, de originalidad, de seguir el impulso. Resuelve el miedo al conflicto cediendo y se angustia; se somete al costo de la parálisis general.

La hormiga vive en la base de la pirámide y funciona bajo presión. Esta realidad le da bronca y se convierte en demandante y quejosa; bajo el fenómeno de masas, estrecha filas con las otras hormigas y se atrinchera para buscar protección, la actividad gremial suele ser la formalización de este fenómeno.

La hormiga está más preocupada en su imagen de dar abasto con todo para justificarse que en decir la verdad; cumple horarios y tiene el escritorio lleno de papeles para aparentar que trabaja sin centrarse en resultados reales.

En la corporación se necesitan vínculos clave, personas que se transforman en sponsors. A veces es un superior o grupo de superiores que puede ser que valoren a uno, lo necesiten, e incluso lo quieran, pero que no están realmente comprometidos con su crecimiento. Si esto sucede toca dar un paso al costado.

El corporativismo, el gremialismo o el aglutinamiento rompen la posibilidad de liderazgo, y aparece entonces el autómata. La masa –que no percibe su capacidad por estar cegada en el resentimiento– es autoritaria, violenta, negadora de la individualidad y de la libertad.

En este punto, es importante tratar el miedo de los ejecutivos y de los altos directivos para manejar los asuntos gremiales. Por lo general, en lugar de aprenderlos, se desentienden y delegan estos conflictos a otros que tampoco los saben manejar, pero que les permiten desentenderse.

El modo de alienar al trabajador es sacándole la libertad en su vínculo con el tiempo. Para sacar lo mejor de una persona, hay que devolverle su tiempo, su capacidad de disponer de él para que su acción encuentre el ritmo justo y tenga una cadencia altamente productiva. La presión que siente el trabajador es por el tiempo limitado que se le da para realizar la tarea, esto hace que se termine sintiendo inútil –nunca llega, nunca alcanza–. Esta actitud se empieza a desarrollar desde la escuela y continúa en la universidad. Todo el sistema educativo está basado en la imposición de estudios con fecha límite: los exámenes que tienen una fecha y duración impuesta por el profesor, siempre con la amenaza de que no se llega.

El hombre de negocios dice: “Quiero un mejor bienestar, un trabajo que me dé grandes satisfacciones. Un muy buen nivel de vida. Quiero algo grande, con un ingreso que me permita desarrollar todas mis ideas”. Busca trabajos reales bajo la nota de lo posible; es decir, busca lo mejor de lo posible. Las hormigas, por su parte, buscan trabajos ideales y perfectos, que como no existen, sólo generan resentimiento.

El hombre de negocios, es bueno, pero no por la “bondad”, sino por su capacidad. Valora la lucidez para encontrar los pasos lógicos clave que otorgan resultados; no se detiene en si los demás piensan que es una buena persona. Desarrolla visiones y un compromiso inmanente con su propio ser, que de manera natural e inevitable lo lleva hacia la acción. Su relajación y confianza eliminan las exigencias de parámetros externos y de protección, propios de la hormiga, que se centra en la queja y en la demanda.

El hombre de negocios no cuestiona su capacidad, construye y transforma su realidad en un círculo virtuoso de crecimiento. La hormiga se pregunta: “¿Cómo puede ser que a éste le vaya tan bien?” y la respuesta es simple: hace rato que no duda de su capacidad. Su prioridad es la verdad, después el valor estratégico, luego el valor operativo y finalmente, dar abasto con todo.

Ser empresario o profesional, es decir, independiente devuelve el derecho de poder llevarse mal con alguien o pelearse, algo que no pasa en la relación de dependencia, donde hay que llevarse medianamente bien con todos por miedo a ser despedido y no volver a conseguir trabajo.

Llegar a ser un alto ejecutivo es más complejo que desarrollar un negocio propio, porque la cantidad de variables que tiene que manejar el ejecutivo para llevarse bien con las distintas personas de una empresa es mayor a la que maneja el independiente, que sólo tiene que llevarse bien con sus clientes y proveedores. El alto ejecutivo no tiene margen de error, no puede llevarse mal con nadie.

Las exigencias de un alto ejecutivo incluyen, entonces, el manejo de una gran cantidad de variables y el despliegue de múltiples capacidades. Tiene que poder manejar diferentes tipos de relaciones, con pares, colaboradores, directivos, accionistas, proveedores, clientes y contar con un excelente criterio de negocio.

Es un error pensar al proveedor como alguien que solo tiene que satisfacer las necesidades del cliente, él también tiene necesidades que deben ser satisfechas; y por lo tanto hay que hacer las cosas bien para ellos, interesarse genuinamente en ellos, cuidarlos y asegurarse de que sus proyectos también sean exitosos.

La mejor manera de ejercer el rol ejecutivo es sentirse un independiente aunque se esté en una relación de dependencia. Debe crearse valor con iniciativa propia y venderlo; para funcionar como independiente o como un empresario en el mundo ejecutivo hay que estar antes que el pedido del cliente.

Las tres capacidades que se ponen en juego en el mundo ejecutivo son: a) la capacidad técnica que tiende a caer en el tiempo b) la capacidad de liderazgo que tiende a mesetarse y c) la capacidad política que en el desarrollo termina siendo la que va a definir el crecimiento sustentable del alto ejecutivo, y tiene que ver con la capacidad de relacionarse con los superiores, los pares y el público en general.

Para iniciar un negocio propio hay que tener coraje, pero con visión y un poco de lucidez alcanza. .

Muy pocos de los que toman el camino de la relación de dependencia llegan a ser altos ejecutivos, mientras que gran parte de los que lograron montar su negocio, y consiguen sobrevivir más de un año, están satisfechos con su desarrollo. Cumplir los objetivos y superar el presupuesto no convierte a un ejecutivo en un visionario. El ejecutivo ejecuta la visión de otro.

El desarrollo se puede dar tanto en el mundo ejecutivo de una corporación, donde la capacidad comercial y la frialdad en las decisiones son el componente básico, como en el mundo independiente, ya sea como empresario o profesional. Si bien puede haber un alto desarrollo en el mundo ejecutivo, la excelencia laboral –donde se ponen en juego todas las capacidades– y el éxtasis de la carrera se dan cuando uno aspira a convertirse en empresario o busca su independencia como una reacción natural, porque el máximo nivel de evolución laboral se alcanza arriesgando capital y siendo el dueño del negocio. Sólo los empresarios pueden llegar a un desarrollo completo; jugar con las fichas del otro no pone en juego al máximo las propias ideas, ni las valida en la realidad.

El ejecutivo se pregunta “¿Quién es él para la empresa?”, y “¿Qué es la empresa para él?” Si bien están siempre las dos preguntas, hay una que tiene preponderancia sobre la otra. En caso de que sea la primera, el ejecutivo está tratando de decodificar los mensajes de la empresa hacia él. En cambio, si es la segunda, estará más centrado en los mensajes que él da a la empresa.

El ejecutivo es un sistema dentro de otro sistema, la empresa, que cuenta con diferentes fuerzas que interjuegan, preponderando unas sobre otras. O ganan las del ejecutivo por sobre las de la empresa, o las de la empresa por sobre las del ejecutivo; cuando esto último sucede, el ejecutivo se siente oprimido, relegado y frustrado

El mejor ejecutivo es aquel que, si bien está en una relación de dependencia, piensa como un empresario. Se maneja con una mentalidad independiente, desarrollando así los mejores criterios ejecutivos. No debe pensar como un empleado, sino como si fuera un proveedor de la empresa que le paga el sueldo. Debe mantener cierta distancia y considerar a su empleador como un cliente.

Para optimizar su rendimiento como ejecutivo, lo mejor es que siempre dedique tiempo a imaginar su propio negocio. Pensarlo como real y diseñar un plan, le da la claridad de criterio para analizar mejor su trabajo actual. El pensamiento arriesgado sin la red de protección es más agudo y real.

En la relación de dependencia se puede aspirar a crecer y desarrollarse alineándose al proyecto de otro. Alinearse es distinto que la obediencia ciega e incondicionalidad. Se debe estar alineado al negocio, no a la persona. Ese alineamiento supone un nivel de independencia y desarrollo de juicio crítico que el obediente no posee. Es diferente ser alguien que hace caso y cumple con todas las órdenes prescriptas, que ser alguien autónomo que se pone sus propios objetivos respondiendo al fortalecimiento del negocio. La exaltación de la obediencia no es trabajar bien, aunque a veces se la disfrace con la palabra proactividad.

El miedo que surge en la relación de dependencia es recurrente, pasivo, en tanto es un miedo a relaciones sobre las que se tiene escaso control. Con el tiempo, ese miedo disminuye pero no desaparece, porque enseguida se presenta una situación similar a la anterior, que hace revivir el miedo con la misma intensidad. En la vida independiente, si bien el miedo que se experimenta al comienzo es más grande, cuando se supera, se crece de verdad y no se vuelve a experimentar; es un miedo activo que se resuelve con actividad y sobre el que se ejerce un control. Una vez que los independientes enfrentan el miedo inicial al comenzar un emprendimiento propio, éste desaparece y se disuelve como problema.

La relación de dependencia puede o no ser una relación de valor, donde se da un intercambio recíproco de valores (se da un valor a cambio de otro). El empleado muchas veces empieza a buscar más la seguridad que aportar valor en su trabajo. La tendencia es a buscar protección por haber conseguido una relación de dependencia.

Una cosa es un vínculo de valor de una buena relación laboral y otra es un vínculo de dependencia propio de la relación de dependencia.

En muchas ocasiones las corporaciones generan situaciones donde los trabajadores no tienen opciones para decidir y deben soportar arbitrariedades pasivamente. Es sabido que el poder puede llevar a los jefes a generar personalidades difíciles y comportamientos excéntricos. Estas personalidades hacen proliferar las medidas ridículas y sin sentido en el seno de la organización. Por eso el empleado más que centrarse en lo que está bien o lo que está mal, debe poner atención a cómo manejar estas tipologías estereotipadas. No hay que tratar de racionalizar las acciones ilógicas del otro, o perderse en juicios morales y quejas, sino focalizarse en aprender a lidiar con estas personalidades para controlar la situación.

Ser empresario es el grado máximo al que se puede llegar en el mundo de los negocios. El empresario crea su negocio a imagen y semejanza de su visión; lo adapta a él, y hace que gire en torno a su originalidad. No busca armar su empresa de espaldas a la naturaleza de sus dones, aprovecha todo lo que tiene y es. Puede ser exitoso sin saber cómo y por qué lo es. Puede no ser conciente de la dinámica de su comportamiento, pero luego es capaz de desgranar esa potencia y repetirla. Tiene la capacidad de soportar juicios en su contra; si frente a una demanda judicial lo bloquea la preocupación o la angustia, entonces debe dedicarse a la relación de dependencia. El juego real exige estar expuesto a juicios y demandas que deben ser tomados como algo natural.

La sociedad avanza gracias a la posibilidad de trabajar, y esto es factible gracias a un grupo que arriesga su capital y crea empresas. La impotencia y envidia llevan a no reconocer el aporte de los empresarios y a considerarlos viles explotadores. Este es el costo que deben asumir los que quieren concretar sus visiones.

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