Delegación

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La delegación es el arte de pensar juntos. Delegar no es ser indiferente, es la capacidad de confiar en las capacidades de otro que teniendo su propio estilo, concreta objetivos que en un principio fueron propios. Además, significa tomar conciencia de que la ideación de un trabajo otorga derechos a pesar de no ser el ejecutor.

El alto rendimiento a largo plazo, tanto para los colaboradores como para el líder, está garantizado por la capacidad de delegar. Significa desprenderse y requiere confianza. También significa renunciar a la expectativa de que las cosas se van a hacer a su manera.

Todo puede ser delegado. Al delegar, uno puede transmitir que se delega el trabajo por autoridad o por ignorancia. Sin embargo, si uno es incapaz de hacerlo, no podrá cumplir bien con la tarea. Una tarea que no se puede delegar nunca está bien hecha: cuando uno es arrogante evita la delegación.

La persona que delega debe dejar claro que la tarea delegada podría completarse con más éxito si la hiciera. El problema es que mejor se confunde con diferente, es cierto que nadie puede hacer las cosas de la manera que lo hacemos, pero la cuestión clave no es la acción en sí, sino el hecho de que no se hace a nuestra manera, lo cual no es realmente importante.

Con el fin de delegar, uno debe ser capaz de aceptar diferentes cantidades y cualidades. El acto de delegar es entrenado explorando límites. En lugar de analizar lo que alguien es capaz de hacer o no, a la persona se le asigna un trabajo aparentemente imposible y el momento en que este se enfrenta con su limitación, se explora en tiempo real. A partir de ese momento, el individuo tiene que ser apoyada por alguien porque no logrará realizar la tarea.

El miedo al acto de delegar depende del hecho de que el otro no pueda realizar bien el trabajo o que el otro robe a uno de los clientes. El miedo profundo, latente e inconsciente en el acto de delegar es el posible descubrimiento de que el otro puede hacerlo mejor, sin embargo, esto no se expresa sino que se niega totalmente.

El problema con la delegación es la búsqueda de la perfección. El núcleo del trabajo debe ser completado por el líder y el resto debe ser delegado. Sentirse más inteligente que otros y creer que nadie puede hacer las cosas como se las hace genera complicaciones al delegar. Una cosa es perder el poder, y otra cosa es perder el control en la delegación.

El que quiera ser delegado debe demostrar que tiene la inteligencia, la iniciativa y la autonomía necesarias. Pero, por supuesto, todo esfuerzo de delegación es valioso. El líder puede ser considerado como una mala persona cuando no da la oportunidad a los demás. Sin embargo, si el otro no honra la oportunidad, uno no es una mala persona.

Uno debe mostrar cómo se hacen las cosas, pero no debe delegar las cosas por sí mismas. Porque si uno delega la manera de hacer algo, uno asegura que las cosas se harán. Si uno se involucra en cómo se hacen las cosas, uno ya no está delegando y debe ser responsable del resultado.

Si uno delega “cómo hacer algo”, entonces uno puede exigir lo que uno delegó. En el momento en el que conocimiento es transferido, los malos hábitos son transferidos también y la riqueza de la mirada de la nueva persona se pierde. Así que cuando es el momento de delegar tareas, lo mejor es que la gente no se conozca.

Confiar en la delegación no significa evitar un problema. La delegación encuentra sus límites cuando la otra persona no puede hacer algo, no cuando el delegado cree que no será capaz de lograrlo. Por eso, si uno duda si debe delegar una tarea o no, intenta delegarla y luego corrige si algo está mal.

Cuando alguien se enoja al ver que las cosas van mal, significa que en vez de delegación hubo una ruptura del contacto. Cuando uno delega algunas de sus tareas a otras personas, confía en ellas. Sin embargo, más tarde, después de un tiempo suficiente sin ningún resultado, comienza a controlarlos.

¿Por qué debería uno delegar algo? ¿Sabe como hacerlo? ¿Puede hacerlo? ¿Lo quiere hacer? ¿Quiere que alguien más aprenda a hacerlo? ¿Cree que alguien más podría hacerlo mejor? Todas estas preguntas se responden cuando uno realmente delega algo a alguien. La delegación le hará ver los beneficios reales para ambas partes involucradas.

Si uno delega un problema, debe haber absoluta confianza de que será resuelto. Si uno no confía en sus colegas, no puede obtener lo mejor de ellos y sus capacidades y por lo tanto no puede delegar asignaciones a ellos. La capacidad de confiar en otras personas refleja confianza en uno mismo.

La posibilidad de delegación depende de la capacidad de flexibilizar prioridades. En la priorización del profesionalismo y la excelencia la delegación se torna dificultosa ya que se pone en juego de manera completa la posibilidad de confiar que alguien pueda igualar o superar el profesionalismo propio. Si, en cambio, el dinero es la mayor prioridad, la delegación se torna más factible ya que la confianza necesaria es menor y hay formas concretas de evaluación.

Rafa Beltrán