Cuando manejamos o escribimos con la computadora, lo hacemos con facilidad, sin demasiado problema. No nos resulta complejo, no tenemos que pensar cada paso. En esos casos, no necesitamos confianza porque no tenemos dudas de que podemos hacerlo.

En cambio, para aquellas cosas que nos resultan más difíciles, de las que no estamos del todo seguros, que no entendemos al cien por ciento, ahí sí, necesitamos confianza. Si lo supiéramos o entendiéramos, no la necesitaríamos. 

Todo el tiempo nos dicen que tenemos que desarrollar la confianza. Pensamos que la mayoría de las cosas que hacemos dependen de eso. Existe una idea generalizada de que un alto grado de confianza se traduce en una mayor iniciativa y una mejor capacidad para resolver problemas. El que tiene confianza, escuchamos, tiene el 80% del asunto resuelto.

¿Y si no fuera así?

Revisando la idea de “confianza”

La confianza cubre el lugar de la duda que tenemos con respecto a nuestras posibilidades de hacer algo. No es una cualidad absoluta, aislada y abstracta que nos vuelve invencibles.

Pero no lo solemos ver de esta manera, y cuando queremos desarrollar confianza en alguien o en algo y nos enfocamos en la lógica de “tenés que confiar en vos”, en el fondo estamos afianzando la duda y convenciéndonos, o convenciendo a otros, de que, en una determinada situación, nunca vamos a tener el control absoluto y siempre nos vamos a encontrar con un problema, lo que lleva a una inevitable frustración. La confianza cubre un espacio de duda y, de esa manera, la fija.

Cuando vemos que alguien hace muy bien algo, desde un deportista hasta un malabarista de la calle, pensamos: ¡qué confianza que tiene! Pero: ¿tiene confianza o tiene conocimiento?

Dos caminos para manejar la incertidumbre

En el momento de enfrentarnos con algún desafío, tenemos dos caminos:

1) Confiar (más emocional). La idea que predomina es que la incertidumbre nos va a acompañar siempre y entonces  esa duda tiene que ser compensada de alguna manera. El dispositivo para hacerlo es la confianza, que no hace más que perpetuar esa duda porque sólo la “cubre” y no la resuelve. No se le da lugar a un espacio de aprendizaje que pueda ayudarnos a entender el problema desde un lugar más racional y práctico que haga que la confianza, volátil, sea innecesaria. Es un enfoque que se vincula más con la emoción. La pasión, la épica, el fuego sagrado. Entonces, se instala la sensación de que siempre va a haber una dificultad que está fuera de nuestro control y de que no vamos a poder manejarla. Keep it hard.

2) Entender (más racional). Pensando en un golfista o en cualquier deportista de alto rendimiento, este camino propone comprender el juego de manera que se vuelva tan fácil y simple al punto de que no necesita de la confianza. Es un camino que te conduce a llegar a un lugar de manejo y de práctica que te permite hacer las cosas con naturalidad, sin la necesidad de tener que confiar. Aprendo y entiendo, despejo la duda, y lo que era difícil se vuelve fácil. Para el golfista, es tan simple pegarle a una pelota de golf como cebar un mate. Keep it simple.

No es que los grandes golfistas descollen gracias a su enorme nivel de confianza que los lleva a superar la incertidumbre. En realidad, tienen un manejo y un conocimiento que hizo que la situación a la que se enfrentan se vuelva simple, manejable y  predecible.

Por supuesto, siempre va a haber un grado de incertidumbre y de variables que escapan a nuestro control. Pero con el aprendizaje y el entendimiento se llega a un nivel de tranquilidad, seguridad, claridad y lógica que nos hace actuar de manera más simple y natural. 

Rafael Beltrán

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