Querer ahorrarle problemas a los demás te puede llevar a creer que el problema es tuyo cuando en realidad no lo es. Que seas alguien que eventualmente podría hacer algo para ayudar a resolver un problema no hace que ese problema sea tuyo. Eso, entre otras cosas, significa que mantengas la lucidez y no entres en la desesperación del sufrimiento del que realmente es dueño del problema.

Muchas veces pensamos que si nos hacemos mala sangre por el problema del otro de alguna manera estamos colaborando con él, somos más responsables y amigos, lo entendemos mejor y estamos más presentes con él y para él. Pero es totalmente al revés. Cargarse con el peso del otro no ayuda en nada. Nos carga más peso a nosotros y nos saca energías para ver la situación con calma e inteligencia. La empatía no es sufrir lo que está sufriendo el otro. Es comprenderlo sin padecerlo.

Hay otro aspecto más profundo con respecto a este tema. Elegimos nuestros problemas o la vida nos presenta con problemas para algo. Detrás de cada problema hay un aprendizaje, más allá de que queramos atenderlo o no. Poniéndolo en términos de rendimiento, decimos que nuestro crecimiento es directamente proporcional a nuestra capacidad para resolver problemas. Entonces, si le ahorramos un problema al otro, también le estamos ahorrando una oportunidad de aprendizaje.

Al costo de la satisfacción de creernos “salvadores”, le robamos al otro el derecho a resolver sus propios problemas y a aprender en el camino.

 

Rafael Beltrán

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