ACEPTACIÓN Y AUTOSUPERACION

22

Entre saber o no saber, la mente prefiere no saber, si bien le conviene lo contrario. La expectativa de no saber niega la realidad con la esperanza incómoda de que nada malo ocurra porque no se lo piensa. Esta ignorancia no alcanza para justificar la responsabilidad; se trata de la fantasía de suponer cuando se puede averiguar. La realidad debe saborearse más que la fantasía, si no ésta se convierte en un refugio recurrente. Sabio es el que saborea la realidad tal cual es.

Aceptar la realidad es comprender y entender el contexto, las circunstancias y oportunidades, sin forzar ni violentar, más allá de las ideologías. Aceptar la realidad es dar por bueno lo que la vida presenta por el sólo hecho de ser real, es decirle que sí a la realidad y creer que las cosas siempre suceden para bien. Una visión real parte de la realidad, que es siempre consistente; partir de la fantasía lleva a ilusiones tortuosas que devienen en resentimiento, queja y fracaso.

La visión acepta la incertidumbre y puede ver lo posible dentro de lo complejo, base de las oportunidades y los intentos; aceptar no es resignación ni candidez, ni llamar agradable a lo desagradable, es ser objetivo y es la condición para poder darle a la realidad un sentido dentro del contexto global de la propia existencia.

La gratitud es conciencia de aceptación y es la base de una vida satisfecha, diferente del inconformismo del que lucha en contra de su naturaleza. A la realidad se la evade en la soledad de la fantasía, la presencia de otro obliga a enfrentar la realidad, y la fantasía se hace evidente en su antinaturalidad, provocando vergüenza.

Aceptar la realidad implica aceptar al otro. Cuando manipulamos, negamos a ese otro; por eso la manipulación es una forma de no aceptación de la realidad.

Aceptando la realidad se desarrolla la autonomía y las capacidades para transformarla, la armonía entre lo que se es, se piensa, se quiere, se hace y se dice.

La sobrevaloración de las emociones por sobre la inteligencia es una fuente de evasión de la realidad, con la sola justificación de las ganas. La vida es una partida de naipes, cada cual recibe sus cartas y tiene que aprender a jugar con ellas. Aceptar la realidad tranquiliza, la persona descansa sin rechazar ni idealizar, ve la realidad como es: así, no “tan” así sino simplemente así.

Aceptar contacta con lo posible de una acción a realizar, en la complejidad de una vida de únicas características. Aceptar es base del optimismo y permite evitar conductas obsesivas. Significa hacerse responsable de la propia vida, sólo el que acepta la realidad puede transformarla, ser protagonista y pagar el costo, incluso el de parecer un irreal.

Abolida la esclavitud, desapareció el derecho a quejarse por estar donde no se quiere, o de adjudicarle a otro la razón de las propias desdichas sin asumir la responsabilidad del cambio. Aceptar es ser libre de elegir lo que se vive con placer o como un castigo. Es difícil que alguien sea corrido del lugar en el que está por hacer bien las cosas, si eso pasa deben haber aspectos para aprender. La realidad es lo que es y no lo que “debería ser”, partir de esto último es estar en rebelión y resentido con la realidad.

Creer que uno merece el doble de lo que tiene significa creer que la realidad está mal, no es aceptarla. La prioridad del “debería ser” por sobre “lo que es” crea un mundo ficticio para desligar responsabilidades. Cada quien está donde realmente está, y si quiere estar mejor deberá ganárselo aceptando la realidad y aprendiendo sus reglas de juego.

Los momentos críticos ayudan a tomar conciencia de la realidad, tanto de las debilidades como de las fortalezas. La dificultad para manejar la realidad altera la capacidad para aceptarla tal cual es, es decir, simple; y si bien puede ser fuerte, no deja de ser básica.

Las palabras “todo”, “nada”, “espectacular”, “desastroso”, “siempre”, “nunca” y “tan” alejan de la realidad y llevan a un mundo de fantasía sin proporción. La realidad es gradual como un modulador de volúmen, no es extrema, es buena y no hace falta que sea “tan” buena. No es que se puede o no se puede, sino que se va pudiendo entender y manejar la realidad. Los extremos quitan elasticidad y predisponen mal, la realidad siempre da dos opciones como mínimo.

Lo propio no existe; sólo hay habilidades, dones, capacidades, oportunidades, y a partir de ahí se crea un ámbito propio, una expectativa, una visión. A posteriori parece que eso era lo propio pero en realidad no existía, fue construido a partir de la realidad creada por la propia imaginación. La satisfacción reside en transformar la realidad. Comprenderla es conceptualizar, pensar la perspectiva, tomar distancia, ver el contexto global y sus interrelaciones en un proceso temporal amplio.

La depresión y la manía son dos refugios para evadirse de la realidad. En la depresión la realidad es rechazada porque lastima, y en la manía se vuela directamente a un mundo de fantasía. En el caso de la psicosis el rechazo de la realidad es total. Sin llegar a estos extremos, hay muchas variantes de alejamientos parciales de la realidad.

Respetar las diferencias es respetar los gustos –que pueden ser diferentes– y no la verdad o la validez de los argumentos, porque ahí sí hay mejores y peores.

La mente reflexiona hasta un punto, al límite de su nivel de conciencia, de verdad, de la capacidad de ser sincero consigo mismo, que es la base de la sinceridad con los otros; luego la mente se evade y distrae. En la periferia de la conciencia hay una neblina de confusión, de dolor que lleva a la negación y al autoengaño, y a eliminar en la fantasía la limitación para que la realidad se corrija sola, expandir el límite de la conciencia es responsabilidad de cada uno.

Otra evasión es el pensamiento mágico, basado en automatismos arbitrarios que atribuyen a factores desconectados el fundamento de una decisión –como tirar una moneda– si bien no generan resultados reales y producen fantasías del tipo “si lo leí dos veces, lo sé”, “si estoy preocupado, está bien” y “si estoy en la oficina, estoy haciendo bien el trabajo”. Es más fácil atribuir las capacidades a factores innatos que ponerse a trabajar en ellas; la adivinación es la fantasía de descubrir que se tienen dones innatos. Se puede ser lógico y coherente pero irreal. Captar la realidad es intuirla y es la base de una visión realista.

Cuando no se acepta la realidad se vive con ansiedad, con la fantasía de que lo bueno se termina pronto; se está bajo amenaza, en estado de alerta, de duda permanente que no deja disfrutar por anticipar los peores escenarios. Quien no acepta la realidad no puede descansar en sus variables objetivas. La tensión de la exigencia genera ansiedad que limita la producción mental. La fuerza de voluntad se justifica en un rol activo y ocupado pero no efectivo. En la relajación el impulso se libera y surge dinámico y lúcido el potencial intelectual; sin ansiedad se ven las oportunidades y se solucionan los conflictos.

En el auto no puede faltar el indicador de la temperatura, porque si el auto se recalienta se funde el motor. La temperatura es para el auto lo que la ansiedad es para el sistema mental, por eso la importancia de su registro. La ansiedad es la sensación de descontrol, la duda de poder, es un fracaso en el manejo del tiempo. Por lo general, el ansioso revuelve datos, no piensa, dado que no llega a conclusión alguna. Tiende a evadirse de la situación real lo cual lo despoja de todos los recursos de la conciencia para resolver los temas que afronta.

El que no puede pensar, hace. La impotencia y la pereza se esconden en el activismo ciego, que busca maximizar y ser eficiente en una avaricia existencial, que ve los detalles accidentales y no lo importante. En esos casos sólo calma la justificación de que el éxito es estar ocupado y que estar relajado es una tortura. El activismo ciego no permite ser dueño del tiempo, sino su esclavo; atrapada en horarios la persona tiene pánico de perder tiempo y se exige para justificar que está haciendo algo.

El activismo es la droga evasiva de lo operativo para no centrarse en lo estratégico. Es no detenerse a pensar por miedo a sentirse inútil, a no saber qué hacer, es el miedo a aburrirse, a experimentar cualquier actividad de ocio como una pérdida de tiempo, vivir acelerados para esconder las debilidades.

En la velocidad la calidad se diluye, el rendimiento es inferior frente al que sabe darse tiempo. En el activismo no hay tiempo para nada, un minuto de reflexión equivale a veinte horas de actividad; un pendiente menos en el corto plazo vale menos que comprender en profundidad toda una situación encontrarle las oportunidades, salidas y beneficios. Entender, saber tomar decisiones clave y ocuparse –si es necesario– brinda el espacio para soñar y ser creativo. El que trabaja mucho no tiene tiempo para ganar plata. La inercia y la estructura llevan a realizar gran cantidad de actividades sin estar motivado.

Los problemas imaginarios son más preocupantes que los reales debido al círculo vicioso de la fantasía, y no tienen bases sólidas ni razonables. La anticipación de estrategias –con preguntas sin respuesta– para anticipar problemas y manejar la ansiedad es una cavilación sin sentido, una pérdida de energía. Al problema real se lo resuelve cuando llega, ir a buscarlo termina creándolo y la mayoría de los problemas imaginarios nunca llegan.

Algunas personas, para entrar en acción necesitan inventarse problemas; buscan en ellos una forma de motivación, es decir, funcionan con la lógica de: “sólo me muevo si tengo un problema, entonces me lo tengo que inventar”. Cuando la persona da inicio a la preocupación por un problema inexistente, si bien el objeto de éste no existe, el aspecto psicológico del problema ya empezó. Y la desesperación por prevenir y sacarse de encima el problema que no existe es improductivo.

El problema imaginario es un supuesto irreal que moviliza a resolver lo que no existe. La experiencia real tiene que ganar su espacio frente a los supuestos para alcanzar certezas. Los supuestos no captan la esencia, y su estadística no satisface; guardan una cuota de incertidumbre que los vuelve impredecibles, no confiables, y que lleva a dar vueltas intentando resolver algo que solo puede conocerse mediante la experiencia.

Nadie quiere soluciones fáciles a problemas imaginados como difíciles; el problema es directamente proporcional a la actitud que se pone para resolverlo, tiene un contenido y una vigencia que si se extiende pasa a ser más importante que el contenido; demasiado tiempo sin resolver el problema lleva a pensar que no tiene solución.

Los problemas resueltos no valen nada, rendir es resolver problemas en tiempo real, en vivo. El que entiende genera menos problemas y los resuelve más rápido; el problema es no entender y compensar una deficiencia con un vicio, el que tiene un problema no puede mostrarse demasiado vehemente, si tuviera las cosas claras, lo tendría resuelto. La prudencia es una buena excusa para evitar los problemas.

La falta de control o de claridad en los cursos de acción puede ser señal de que el problema es de otro, ocuparse de éstos e inventarlos sólo sirve para no ocuparse de los propios. Si el problema no tiene salida seguramente sea un problema de otro, del cual uno no debe hacerse responsable. El que ve que su problema es suyo, no está tan enojado con otros porque no se resuelve en el mismo nivel de abstracción que en el que se generó.

Los problemas marcan dónde se debe trabajar para crecer, dejan ver dónde está el verdadero problema, y solucionarlo implica sacarle el aprendizaje. El hombre se define por la calidad de sus problemas y su forma de priorizarlos. La reflexión separa el contenido del problema para verlo con claridad; la falta de reflexión crea problemas perceptivos respecto de las propias posibilidades. La confianza de que los problemas se van a resolver, que se les va a poder encontrar un solución, que se van a poder sobrellevar, define la iniciativa de cualquier proyecto.

Los problemas imaginarios justifican el no hacer lo que se debe, se crean al descartar lo fácil porque se imaginó que tenía que ser difícil. Es necesario discriminar de quién es el problema, si es propio o es de otro. Teniendo en cuenta que los problemas no son del afectado ni del que los causó sino del que los tienen que resolver. Es importante siempre dejar claro de quién es el problema.

La tentación de querer resolver los problemas ajenos lleva a involucrarse al punto de no saber diferenciarlos de los propios. El problema del otro es del otro, y aunque se esté involucrado en la solución, no se debe perder de vista quién sigue siendo el dueño del mismo. La condición para involucrarse radica en saber dónde empieza y termina el problema propio y el ajeno. El protagonismo de quien es dueño del problema en las posibilidades de solucionarlo define la determinación que lleva a la solución, saliendo de la queja de que los demás lo tienen que solucionar. En la vida las cosas se ganan y merecen resolviendo problemas, eso significa tomar decisiones y jugar fuerte, generando y resolviendo estos mismos.

Cada uno tiene el íntimo derecho a tener el “problema” que quiere, a comunicarlo y a pedir ayuda si lo considera necesario. Cada uno estructura sus necesidades e intereses y comunica sus prioridades como quiera, por lo que el involucramiento de otro –salvo que sea pedido– no corresponde. Si es difícil distinguir las propias necesidades e intereses, mucho más complicado aún es ver las de los demás; la participación corre el riesgo de resultar invasiva, desconsiderada y mal recibida, por más que se la haga en nombre de la colaboración. Si el problema no tiene solución, deja de ser un problema; los problemas se resuelven de a poco, gradualmente, en la medida en que se los va entendiendo, se va entrando en acción.

La mayor parte de los problemas psicológicos no se genera a partir de emociones –que en realidad son su consecuencia (el modo visible de los problemas)–, sino por ignorancia de cómo funciona la mente, por no entender la dinámica de la construcción de una virtud. Esta ignorancia lleva a encapsularse en cuestiones imposibles de resolver. Los modos perceptivos erróneos o los sesgos para captar la realidad derivan en emociones y comportamientos alterados. Estos últimos suelen ser vistos como cicatrices imborrables del pasado, como algo estructural de la personalidad que no se puede modificar. Sin embargo, pueden modificarse si se trabaja para salir del error, conmétodos progresivos de aprendizaje.

Los problemas psicológicos no se resuelven, se olvidan una vez que se aprendió. Muchos de ellos desaparecen frente a la presencia de un problema mayor; como sólo se trataba de preocupaciones sin mucho sentido, una preocupación mayor los hace desaparecer del campo de la conciencia.

Gran parte de los problemas psicológicos son el resultado del intento por responder preguntas que no tienen respuesta, y la inteligencia queda atrapada sin salida concreta: ¿cuál es mi vocación? ¿qué es lo que me gusta? ¿cuál es mi esencia?, ¿para qué nací? Estas preguntas sólo pueden ser disparadores de la reflexión, tener expectativas de que se respondan con exactitud crea más problemas. El psicoanálisis se especializa en generar preguntas que no tienen respuesta.

La virtud es un hábito, una rutina donde uno se siente cómodo, con logros externos e internos que se influyen mutuamente. Implica hacer foco en la propia iniciativa y en las posibilidades de la persona, que es distinto a obedecer el mandato de otros.

La energía debe estar destinada a encontrar oportunidades concretas para poner en juego capacidades concretas. Debe dirigirse al descubrimiento personal de los dones naturales recibidos que trazan el camino propio, único y singular. Cada cual debe desarrollar su propio sistema que contemple sus dones, oportunidades, historias, aspiraciones y relaciones únicas. Lo que gusta es la sensación de poder, lo que se siente que se puede hacer –que es una consecuencia de poner en juego el propio don–, una experiencia que se espera que no termine nunca, y que está conectada con la esencia de la persona. Esto implica descubrir el proyecto en lo concreto, mirar hacia el interior, conocerse para ser mejores, saber más de los dones o capacidades naturales para aprovecharlas aún más. Lo que gusta varía en función de los nuevos horizontes de posibilidades y el descubrimiento de nuevos dones.

No gusta, en cambio, lo que no se sabe hacer, o lo que no se puede hacer. Aprender es dar tiempo al saber y al poder, y así ampliar el horizonte de gustos. Mientras tanto se debe tolerar el “querer y no querer” al mismo tiempo. El miedo y la incertidumbre hacen sentir que algo no gusta, pero una vez probado el saber y el poder, cambia la perspectiva y pasa a gustar. La exigencia de saber lo que no se sabe, fantaseando que se lo debería saber, devora la confianza; es la fantasía de no encontrar el límite, de negarlo, pero todos llegan al límite.

La vida, la realidad, el contexto global están en cambio permanente. Lo difícil no es cambiar sino comprender que las cosas cambian; las expectativas de control para detener ese cambio no logran nunca que éste deje de producirse. Y no se trata de hacer un esfuerzo por tratar de enfrentar el cambio, sino de comprender de modo relajado que simplemente no se puede detener. El cambio debe ser encarado positivamente porque siempre trae cosas buenas, está dentro de uno, si dedica el tiempo necesario para conectarse con los propios pensamientos y asumirlos como tales.

Madurar es reemplazar los juicios de valor por los de conveniencia. La miopía de ver la norma por delante de la realidad no deja ver la conveniencia, sólo busca rebelarse en la fantasía. Se sabe con naturalidad lo que conviene pero no se hace, se conoce la cadena causal que ayuda a sentirse bien en el futuro haciendo lo que se debe. Ahora bien, cuando lo que gusta justifica lo que no conviene, empieza el problema.

Se gana y se pierde, pero los planteos de si está bien o está mal, si gusta o no gusta, si es lo de uno o no lo es, son de bajo nivel. Deben cambiarse por las pregunta de si conviene o no conviene, de si se puede hacer o no se puede hacer. Así, todo el ser se lanza a la acción conveniente después de tomar conciencia ¿cómo no va a gustar lo que conviene? Se trata entonces de acortar la brecha entre el placer presente y el placer futuro, porque la conveniencia es una dimensión futura y no verla es dramático.

Debe llegarse al objetivo pasándola genial, absolutamente distendido y divertido, no preocupado. Debe esperarse la rueda; tarde o temprano, los placeres futuros –que siempre son de mejor calidad y que fueron sembrados en el pasado– se disfrutan en el presente, en lo que somos y hacemos, en ése que queremos ser.

La lógica de la conveniencia es la del futuro y no la de muertos dramáticos del pasado. La cabeza funciona a gas si se basa en las ganas o en el gusto, y a nafta cuando parte de la conveniencia. Las ganas suelen ser divertidas, pero muchas veces no son convenientes; nadie quiere obligarse, forzarse o ser violento consigo mismo, por eso someterse al atracón, o no hacer lo que es conveniente y rebelarse significa un grito de libertad. La madurez es la capacidad de hacer lo que está bien aun cuando los padres lo recomiendan, porque la mente se puso en contacto con la conveniencia, sin perder energías en rebelarse. Los proyectos que convienen se construyen aprendiendo a detectar las pequeñas conveniencias del día a día.

El poder de la energía nuclear se da a partir de la liberación de energía por la ruptura de la estructura del átomo. La mente funciona exactamente igual, la energía se libera al romper las propias estructuras. Se trata de una apertura a lo que no se sabe que va a pasar; implica salir del control y a lo nuevo en el diálogo auténtico con el otro. La estructura sirve para controlar lo que va a pasar, pero limita, asfixia y paraliza.

La realidad en la que se está atrapado es la estructura moralista de normas donde lo que está bien o mal, lo correcto o incorrecto, lo que corresponde o no corresponde, lo justo o lo injusto forman una grieta empática que oprime y no deja ver la realidad, al otro. De esa manera, no se puede salir de la estructura de uno mismo, que implica dejar que las cosas se acomoden sobre la marcha, resolver el estímulo en tiempo real, entender la situación singular, y no seguir ciegamente a la norma actuando de memoria o controlado. El control en las estructuras rígidas parte de lo que la realidad debería ser en lugar de lo que la realidad es.

La capacidad de jugar es compatible con la seriedad y con la madurez; baja el nivel de dramatismo y amortigua el contacto con la realidad. Los errores pasan a ser simples contingencias; sin juego el mundo es dramático. Las bromas con soltura liberan el potencial, y son una señal de estar preparado para un crecimiento. En cambio, para el que no puede jugar las bromas son consideradas una falta de respeto, una ofensa que disimula la tensión y la incapacidad de jugar que están de fondo.

Jugar es poder cambiar de roles, que es la base de la flexibilidad de un sistema de defensas con variantes. Los mecanismos defensivos escasos y rígidos no dejan jugar. La psicología infantil aborda la mente del niño por medio del juego para definir un diagnóstico, el tratamiento, y también como indicador de salud. Si el niño juega está sano, tiene confianza, y un mundo interior rico con personajes de fantasía por medio de los cuales cumple sus deseos. En el caso del adulto es igual porque el sistema de rendimiento es un juego, un espacio lúdico, confiado y flexible, de iniciativa para darse oportunidades, fantasear, crear, intentar, equivocarse, ganar, perder, divertirse y contar con las herramientas de sus recursos.

La mente tolera determinado nivel de verdad, ser auténtico es ser “más verdad” y comunicarla, decirla, en su primera versión. Tiene un costo y hay que asumirlo, porque aunque lastime, la verdad no debe ser escondida, ni impostada en la susceptibilidad de una imagen poco natural y conflictiva. La verdad es el buen camino, hay que comprenderlo y soportarlo. Si no la colocamos delante de los sentimientos, tendemos a ser invadidos por el miedo y la ansiedad, a sentirnos excedidos y abrumados. Si primero está la verdad, se abre el espacio de autonomía y disfrute, porque la verdad es efectiva por sí misma, así como la conciencia de la realidad es más efectiva que la fuerza de voluntad y el tiempo dedicado.

Conectarse es entrar en el flujo de la sincronicidad que capta la oportunidad. Ésta se presenta con un sentido, para aprovecharse; por algo se la ve, y se la descubre. La oportunidad es una invitación a la que no puede decírse que no, es una exquisita provocación de la vida y hay que aprovecharla. Nos busca, nos quiere encontrar, toca la puerta, no esquiva. Sin embargo, a veces se tiene una actitud histérica con la oportunidad: cuando no se aprovecha, cuando se ve y no se toma, en una situación que excita y tortura.

Cada situación vital puede ser una fuente de oportunidades o un lastre al que se le rinde culto, donde se valora el potencial nuevo problema y no la oportunidad de demostrarse a uno mismo lo que puede hacer. Los juicios de valor negativos no dejan ver la oportunidad, que siempre implica un cambio positivo, aunque no se pueda ver en ese momento.

La plenitud y la realización surgen del proceso de superación de sí mismo, del proceso de autoconquista y de perfeccionamiento. Esto significa crecer, aprender y superarse constantemente, comprender cada vez más la realidad, acercándose a una verdad que jamás se alcanza en su totalidad. La orientación a la superación marca la diferencia en el rendimiento. El que ama y siente pasión por lo que hace siente la adrenalina de la actividad, la experiencia, los desafíos, se conecta con la autoconquista y con la autosuperación mediante la expansión de los propios límites. La pasión del que se supera inspira a grandes cosas más allá de sus resultados; parecen seres arrogantes, pero se creen la mejor versión de sí mismos, hasta ese momento, versión que sigue en proceso de expansión, no se comparan.

La autosuperación se presenta como una inquietud, como una tensión, una pregunta sobre la posibilidad de ser mejor en algo, de alcanzar una habilidad, y por ende viene con la incertidumbre por su respuesta. Esta adrenalina puede ser un motivador o una limitación: un no animarse que bloquea la oportunidad de aprender, lo cual llevará a un enojo con el mundo que recurrentemente cierra las puertas. Para detectar las propias resistencias hay que identificar dónde se pierde el foco dejando lugar a la dispersión y a la distracción.

El deporte y los negocios son una experiencia de autosuperación, una experiencia interna, individual –no compartida– de libertad. Ambos brindan la posibilidad de ir traspasando los propios límites, de vencerse a uno mismo, de una excitante reinvención. La pasión significa superarse, no importa en qué, ni cómo, ni dónde, porque no hay algo que gusta o apasiona, sino situaciones donde poder plasmar el instinto de superación, que si está dormido hay que despertarlo para generar la propia adrenalina, fuente de motivación e iniciativa de hacerlo mejor que antes. Superarse no es juzgarse sino entrar en la dinámica de aprendizaje; los juegos son divertidos porque suponen una autosuperación que puede ser activa, como el jugador, o pasiva, como el espectador.

En la adolescencia se está en rebeldía total, todo se vive como opresión que lleva a la apatía. Le sigue una fase de domesticación al sometimiento; no hay pasión, se vive en competencia y comparación con los demás, la persona se basa en la imagen, en cumplir. En esta etapa la motivación es de bajo nivel , viene de la seguridad económica. En una instancia superior se alcanza la libertad, la persona se adueña de ella, ya no la negocia, nadie se la puede quitar, no la arriesga ni la pone en juego, hace con ella lo que quiere y dispone de ella a voluntad para usarla en pos de las cosas que quiere. En esta etapa no hay conflicto entre lo que se quiere y la libertad; la motivación, las ganas y la pasión son totales. La competencia se da con uno mismo, en el contexto de una superación personal. El futuro apasiona por los aprendizajes que se quieren alcanzar, y la visión pasa a ser una excusa para poner en juego la propia superación. Por eso, quien cree que llegó al máximo de superación en una disciplina, la abandona, ya no le apasiona: “cuando llegué a cinturón negro, dejé karate”.

Convertirse en alguien superior supone una mente de explorador, de superación, un llamado a la perfección, al continuo crecimiento, al no conformismo ni abandono; supone entonces una transformación de las habilidades, conocimientos y virtudes. Tener en el horizonte el desarrollo de una habilidad sin torturarse son rasgos inscriptos en la naturaleza humana. La expectativa es transformarse a sí mismo más que hacer cosas, que no son más que excusas para la transformación, un hacer para el ser. No es lo mismo decir “quiero hacer cosas más desafiantes” que “quiero ser alguien que asuma cada vez más desafíos”, y es habitual confundir esta diferencia. La expectativa del cambio interno posibilita la perseverancia, el fracaso es externo. El abandono o la falta de perseverancia corresponde a uno mismo, es huir a la capacidad de superarse; y el éxito es consecuencia de los logros de autosuperación, es un derecho de los que se superaron, no es un derecho hereditario que aparece por el solo hecho de pertenecer a un grupo social.

Despertarse dudando de estar a la altura de los desafíos que se anticipan es una tortura sin fin; el miedo a no ser todavía lo que se quiere ser encierra el pánico a no serlo nunca, donde a nada se le encuentra sentido, interés ni sabor. Esto lleva a un modelo de presión y exigencia, y no a uno de motivación por la excitación de la autosuperación en el cual no se necesita contención porque uno no se siente apurado, ni se bloquea. La superación aparece a modo de inquietud respecto de la posibilidad de ser mejor en algo, de sentir la plenitud de superarse en algo que le cuesta sin evitarlo. Esta inquietud debe ser reconocida y alentada, tiene su lado de angustiosa incertidumbre que intrínsecamente tensiona pero a la vez impulsa.

Las dos apuestas en la vida son la protección o la auto-superación. Quien busca superarse, busca las causas y tiene la mente motivada y excitada; no es simplemente ir por lo que gusta, eso es una consecuencia a posteriori. El hecho de hacer algo para superarse y el de hacer algo porque gusta y divierte, coinciden únicamente en la finalidad, resultan en el crecimiento personal, pero difieren en el cómo. En la primera participan el gusto, la diversión, la exigencia y el convencimiento de poder superarse, se trata de una participación activa, orientada a metas y con objetivos claros. En el segundo es necesario ir a las cosas que realmente dan disfrute, que dan ganas y placer, que uno mismo elige en determinado momento.

Para lograr un desarrollo sano, es necesario encontrar la justa proporción entre ambos aspectos; la carencia o la sobre estimulación de uno u otro será contraproducente y traerá resultados negativos si se vive la vida como una carga y no como un disfrute. Muchas veces, si la persona disfruta y le va bien siente que es poco serio e irresponsable. La felicidad interna no está en hacer lo que uno quiere sino en querer lo que uno hace; en cuanto a la iniciativa del gusto, es un estado de gratitud, es una acción o capacidad puesta en juego, es un diferencial de disfrutar los logros y de superación.

El señorío o imperio sobre sí mismo es la capacidad de ser dueño de la propia vida, es elegir quien ser y no buscar culpables por los propios padecimientos en las circunstancias externas, en los demás, en la suerte o el destino. Se trata del convencimiento de que todo depende de uno, que cada cual es responsable de su propia historia, así como del futuro. Ser dueño de la propia vida es ver las posibilidades y las oportunidades con la fuerza y la seguridad para perseverar, sin exigirse, sino dejándose sorprender por ellas. El señorío o imperio de sí hace posible la iniciativa de los compromisos con uno mismo y con los demás; esta capacidad permite responsabilizarse por los logros y disfrutarlos más satisfactoriamente, así como hacerse cargo de las frustraciones, pero tomando el aprendizaje.

La capacidad de maximizar el rendimiento y la eficiencia es un derecho que se adquiere después de haberle dedicado mucho trabajo, pretenderla de entrada es una fantasía mágica propia de la pereza y de la falta de confianza.

El orden es clave para que las cosas se concreten, permite ver el tiempo en perspectiva, entender la continuidad de los fenómenos y garantizar la perseverancia. El orden da claridad mental, capacidad de priorización, disciplina, concentración, paciencia y genera confianza, permite anticipar los acontecimientos, y no actuar apresuradamente.

El que ordena se siente bien, la eficiencia y la eficacia se regulan a partir de las iniciativas a ordenarse o desordenarse. Los logros se vinculan con el orden, y el desorden con el azar. El orden, como virtud tiene un ritmo y una cadencia natural, y su beneficio es muy superior a su costo. Ordenar es asignar un lugar definido a cada cosa para no perder el tiempo buscándolas en lugares diferentes. El orden externo refleja el orden interno y una estabilidad emocional cuando está basado en disciplina conveniente; si está basado en el control es obsesión.

El orden excesivo es tema de estudio de la psicología clínica. Pero para la psicología del rendimiento, el orden es una virtud central; el desorden pone un techo al rendimiento, limita la inspiración y la entrada en acción, más allá de que la cantidad de proyectos contempla cierto nivel de desorden. El ordenado no ordena el desorden, porque no desordena. El desordenado está en un círculo vicioso, está atolondrado y cree que ordenar es una pérdida de tiempo, dice no tener tiempo suficiente, pospone y dilata el orden, se vuelve un aspecto enraizado de la identidad, que lleva a ver al orden como extraño o ajeno. El desordenado no puede ver las consecuencias del desorden, en su rutina el orden no tiene prioridad.

La impotencia que se siente por no tener la virtud del orden genera reacciones maníacas de desorden. El vínculo entre desorden y creatividad es falso, la limpieza es la hermana del orden y como toda autosugestión la repetición de frases como “cuando limpio y ordeno mi espacio físico, limpio y ordeno mi vida en todos los sentidos” da excelentes resultados.

A aquellos que tienen más sensibilidad, al captar tantos fenómenos les es más difícil manejar la vida, porque deben lidiar con más variables que están viendo y experimentando. Quienes tienen menor sensibilidad, en cambio, tienen una ecuación más sencilla de resolver, no se complican. El que nace con una alta sensibilidad, atraviesa un camino mucho más largo para controlar las variables, pero al lograrlo, tiene una vida más intensa.

La salud mental y la libertad tienen que ver con la capacidad de aceptar que dentro de la misma persona existen diferentes modos de ser, que no deben ser vistos como contradictorios sino como parte de la riqueza del mundo interior. Aspirar a tener un solo modo de ser genera angustia porque es imposible. Estas variantes de modos de ser no son un problema sino los recursos y el potencial que se tienen para vivir. La conciencia de la continuidad temporal de los diferentes modos de ser ayuda a aceptarlos, a verlos con claridad y valentía para superar la contradicción.

Reconocerle al otro sus modos de ser le demuestra que tiene más potencial de los que cree, es una experiencia agradable porque ayuda a que el otro se sienta comprendido y resuelva sus contradicciones.

Hay dos paradigmas: el de la exigencia y el de la relajación, o lo que es igual, el paradigma del disfrute versus el de la tensión, o también el del intento en contraposición al del resultado, la salida versus la llegada.

La paciencia es la madre de las virtudes, se hace auténtica cuando se encarna en la acción produciendo la perseverancia, es el corazón de ésta. La experiencia de perseverar es un triunfo en sí mismo, solo así se puede lograr la capacidad para avanzar con firmeza y seguridad. Hay que encontrar en cada uno dónde se ubica el mayor potencial y ser sensible a las oportunidades que permitan desplegarlo. Esto implica la capacidad de esperar y dejar en silencio aquellas cosas que no están en su momento de ser aceleradas, lo que no significa haberlas abandonado sino simplemente que se suspende su energía momentáneamente.

El disfrute tiene que estar basado en la paz interior, que viene de la aceptación y no del intento de controlar; de otra manera todo se escapa de las manos. La autorrealización no es tanto una experiencia de logro como de aceptación, o del logro de llegar a ser alguien que acepta su vida y su realidad.

Cualquier lucha contra la ansiedad es vana, ya que desaparece cuando la persona se enfoca en buscar la paz aceptando la realidad sin rebelarse. Esto no significa conformarse, sino que buscar la paz constantemente en el dinamismo, en el fluir, en el éxito y el logro sí es un activismo negativo.

Se recibe mucha información externa –de los diarios, la televisión, internet– orientada a sobreestimular la mente, lo cual impide relajarse. Conectarse con la naturaleza, caminar, meditar, quedarse quieto y descansar son herramientas para mantener la mente lúcida y así encontrar la paz, entendida como una experiencia presente que surge de reconciliar un pasado con sentido y un futuro proyectado.

Disfrutar del trabajo es la mejor señal, es una decisión de quien se predispone, de quien es autónomo y tiene sus propias reglas. No surge del solo hecho de no preocuparse, sino que más bien es relajarse, darse tiempo, valorar el instante presente, bromear, sentirse cómodo y valorar lo que se hace. El niño hace lo que le divierte, y el adulto disfruta de la construcción de un proyecto a largo plazo más que de la posesión de bienes.

El disfrute no depende solo de las condiciones externas, gran parte del mismo depende de la capacidad de quien disfruta de ser positivo y optimista; quien se predispone a la queja verá todo oscuro, y no disfrutará de ninguna actividad.

Imaginar y disfrutar de lo imaginado sin compromiso de compra, sin torturarte en esa exigencia es imaginar algo grande.

Algunos encuentran el disfrute en aquello que tienen y reciben, otros en lo que crean y dan. Esta última forma de disfrutar es una virtud que transforma al hombre en mejor persona, ya que ser mejor y hacer las cosas bien es prioritario sobre cualquier logro u objetivo, en lugar de luchar por neutralizar un defecto sin disfrutar de la virtud.

El vínculo entre la vida personal y el trabajo es natural y debe ser placentero. El disfrute de los logros en los negocios, del propio aporte de valor, está integrado en una vida completa que incluye lo familiar, y no significa que la familia no esté presente.

La relajación es la armonía entre la mente y el cuerpo. La descarga intensa de energía no es relajación; correr o hacer deporte es muy útil para el cuerpo, pero la relajación surge por el apaciguamiento, como el yoga. En esta línea, las actividades lentas de toma de conciencia de las distintas partes del cuerpo permiten notar el propio estrés y adueñarse de sí mismo. La relajación es la tranquilidad necesaria para la reflexión, afloja la rigidez para el verdadero cambio interno y permite pensar diferente; uno mismo es mente/cuerpo, la sensación corporal es una experiencia intransferible, la falta de registro lleva a pensarse por los otros.

Los efectos de la relajación, y por ejemplo del yoga, cambian los patrones que determinan la necesidad de comida. Una vez que el cuerpo está relajado no necesita ingerir la misma cantidad de alimentos, y busca de manera natural y pacificada alimentos sanos: frutas secas, vegetales, muchas proteínas y bajos en carbohidratos.

Hay que tener la suficiente humildad para obedecer al cuerpo, que más allá de la expectativa de control es mil veces más inteligente que la mente. Hacer ejercicio físico es una ventaja porque de otra manera el cuerpo se vuelve flácido; con la mente sucede lo mismo si no se ejercita.

Las virtudes que definen a los deportistas de alto rendimiento y a los hombres de negocios son:

Confiar

Escuchar

Creer

Esperar

Compartir

Perseverar

Dar

El auténtico dar implica una actitud de desprendimiento y un querer hacerlo. El avaro junta cosas que no usa, y esto es un ancla que limita sus expectativas.

El no poder confiar lleva a un estado de soledad, desamparo y resentimiento.

Con respecto a los defectos o vicios se puede tomar dos caminos: afrontarlos y saber que existen, actuando acorde a esta notificación, o considerarlos una virtud, engañándose para no amargarse. Los vicios son techos del desarrollo y negarlos impide la capacidad de mejorar, en cambio, al verlos podemos modificarlos de acuerdo a nuestras convicciones. No reconocer el temor y los defectos en general, diciendo que está bien lo que está mal solo por no poder cambiarlo, elimina la posibilidad de desarrollo.

El estado de ánimo, la motivación y la acción forman un círculo; según cómo sea el punto de inicio se deriva en un determinado rendimiento. Si la mente cree que el inicio es la acción, entonces el rendimiento será alto, pero si cree que inicia en el ánimo, se bloqueará y el rendimiento será bajo. La virtud es un hábito, y como tal, es la repetición de acciones, no de pensamientos ni la estabilidad de los estados de ánimo.

Hay que practicar artificialmente con las pequeñas cosas para que las grandes se vuelvan naturales, es decir virtud.Para vivir bien hay que aprender a jugar.

Lo admirable de una persona es su valentía para enfrentar y asumir los conflictos, y llegado el caso generarlos para alcanzar su objetivos. A veces se evitan para tapar la incapacidad de tolerarlos, lo cual no genera crecimiento ni desarrollo. Evitar los conflictos a toda costa, bajo la figura de un “componedor” que centra el análisis en el que está más dispuesto a ceder que en el que tiene razón, no resuelve los problemas sino que los dilata.

Vivir centrado en las necesidades es la preocupación de no ir para abajo en medio de la desesperación, en cambio estar centrado en la capacidad lleva a cuestionarse cómo ir para arriba sin preocuparse por las necesidades. Que algo pueda ser mejor indica que hay una tarea pendiente, no que sea algo malo.

La inercia psíquica es contraria al cambio, lo rechaza por naturaleza, es preciso ser conciente de esto para lograr que el cambio se produzca, asumir la incertidumbre y el vacío de la mejor manera, y no volver a la situación anteriormente conocida debido a las dificultades y desconciertos que puede generar ver que lo que antes era válido, ya no lo es; o que lo que en un contexto era válido, en otro no lo es. Hay que aprender a ponerse en situaciones donde no quede otra alternativa que cambiar.

Para que el auténtico crecimiento –del que no se vuelve– sea sustentable, los cambios se tienen que dar de manera constante, no drásticamente. De otra manera, es algo disruptivo, provoca un efecto rebote hacía abajo y el crecimiento es mínimo. Quien crece de manera gradual, lenta, o de a poco, se garantiza la adaptación y la posibilidad de volver para atrás sin enloquecer.

Son los comportamientos estables y no las reacciones inmediatas los que definen el rendimiento. Almafuerte, en sus Sonetos Medicinales, lo expresa del siguiente modo:

Si te postran diez veces, te levantas otras diez, otras cien, otras quinientas; no han de ser tus caídas tan violentas ni tampoco, por ley, han de ser tantas.

Con el hambre genial con que las plantas asimilan el humus avarientas, deglutiendo el rencor de las afrentas se formaron los santos y las santas.

Obsesión casi asnal, para ser fuerte, nada más necesita la criatura, y en cualquier infeliz se me figura que se rompen las garras de la suerte.

¡Todos los incurables tienen cura cinco segundos antes de la muerte!

No te des por vencido, ni aún vencido, no te sientas esclavo, ni aún esclavo; trémulo de pavor, piénsate bravo, y arremete feroz, ya mal herido.

Ten el tesón del clavo enmohecido que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo; no la cobarde intrepidez del pavo que amaina su plumaje al primer ruido.

Procede como Dios que nunca llora; o como Lucifer, que nunca reza; o como el robledal, cuya grandeza necesita del agua, y no la implora.

Todos quieren tener un buen trabajo, pero ¿qué es un buen trabajo? Un espacio donde se aprende, donde se despliegan las capacidades, donde se gana experiencia y confianza, y donde se disfruta. Ganar dinero es importante, pero sólo si hay espacio para el aprendizaje y el desarrollo de la confianza es posible sacar provecho de un trabajo.

El crecimiento personal no puede medirse en relación a cuánto dinero ingresa por mes, sino a partir de la capacidad de absorber conocimientos de las tareas realizadas y de crecer personalmente por medio de las relaciones con superiores. Si dichas cualidades están presentes, tarde o temprano aparecerá el dinero.